Ayer vi “Mad Max: Fury Road”

Llevo esperando este filme desde que tenía 15 años. Entonces había visto ya la primera “Mad Max”, “El guerrero del camino” y “La cúpula del trueno”, y me consideraba un fan incondicional. Por eso vi “Babe va a la ciudad” (es muy buen filme), la del pingüino bailarín y aquel de Olympia Dukakis, donde escapaba en auto lanzando cartuchos de dinamita a sus perseguidores. Y por eso desde que supe que este filme estaba en producción lo esperé ansiosamente, durante todos estos años, temiendo una decepción al estilo “La amenaza fantasma”. Un filme que ha estado desarrollándose por quince años, que ha excedido largamente su presupuesto y sus días de filmación, que ha destruido secciones del desierto en que se filmó. Había mucho como para desconfiar.
Cuenta la historia de Max, esta vez interpretado por Tom Hardy (Mel Gibson está demasiado viejo y se ha vuelto un intocable al estilo indio), quien es capturado por los seguidores del “Inmortal Joe”, el que mantiene tiránicamente un oasis mediante una religión propia, parte culto automovilístico, parte kamikaze. Prisionero, es asignado a ser “bolsa de sangre” de un conductor que se recupera de sus heridas: es colgado de cabeza mientras se desangra por un catéter que va a una vena del beneficiario. Simultáneamente una conductora estrella, la “Emperatriz Furiosa” se roba un “camión de guerra”, cargado con las concubinas de “Inmortal Joe”: todos los conductores se movilizan, incluyendo el herido, quien se lleva amarrado al vehículo a su “bolsa de sangre”.
Déjeme decirle primero una perogrullada, querido lector: “Fury Road” es un espectáculo. Es cierto que el cine en general es a la vez documento y espectáculo, retrata y entretiene, desde sus orígenes, pero este filme es espectáculo de varias formas: además de entretener (y mucho), es un arco iris de colores y detalles riquísimos, narrado todo de forma vertiginosa y exhaustiva. Un espectáculo espectacular.
La serie “Mad Max”, como sabrá, está ambientada en un mundo post apocalíptico donde la sociedad ha colapsado. El primer filme mostraba una guerra desatada entre bandidos motorizados y la policía de caminos, que era muy posiblemente lo último que quedaba en pie del viejo mundo. El segundo filme mostraba una humanidad destruida, donde las bandas se han convertido en tribus bárbaras, las personas comienzan a formar nuevas sociedades y la gasolina es más valiosa que el oro. El tercer filme mostraba las sociedades del nuevo mundo ya conformadas, establecidas en ritos, leyes y comercio, y a la vez mostraba como el recuerdo de nuestra civilización se deformaba y convertía en leyenda.
Déjeme decirle, querido lector, que la complejidad de “Fury Road” deja a estos filmes como meros bosquejos (incluso tiene varias citas al “guerrero del camino”). Si bien el ritmo del filme es frenético, George Miller lo llamaba “una persecución de dos horas”, cada detalle que se muestra tiene un fundamento: la espalda corrompida del “malo” mayor, los adornos corporales de los seguidores de “Inmortal Joe”, los rituales de la sociedad de las mujeres, la alimentación. La estética tan particular de los vestuarios y los vehículos de este filme parece seguir una lógica general: desde los deshechos del mundo anterior los humanos han recogido, reciclado y transformado cada pieza utilizable, restaurando no tanto la gloria de nuestro mundo como creando un mundo nuevo. Así podemos ver cómo en la religión de “Inmortal Joe” se mezclan sin problemas la mitología nórdica, el martirologio al estilo japonés, la devoción automovilística y un nihilismo propio del cristianismo gnóstico medieval, donde la vida comienza después de la muerte. Capas y capas de deshechos superpuestos, que funcionan orgánicamente juntos. Es tal la voluptuosidad descriptiva de este filme que uno se tienta de llamarlo surrealista, pero a diferencia de esta vieja vanguardia el mundo de “Fury Road” se rige por un estricto criterio materialista, sin aleatoriedad ni el afán de liberar pulsiones. Se construye con lo que hay, y la sociedad se estructura entre oprimidos y opresores (los dueños del agua, la gasolina y las mujeres), confirmando los criterios del viejo huésped de Engels.
Visualmente el filme es impactante y bien poco común en esta época de superhéroes “realistas” de baja saturación de color. Verá, los colores de este filme son brillantes, incluso las escenas nocturnas, que parecen sacadas de la obra de un maestro del cómic. Colores vivos, brillantes y contrastados: parecen anunciar que estamos en una hiper realidad, donde el sol quema más, la arena es más ardiente y la sangre más violenta. Un mundo en speed.
Y hay otra cosa más, que pasa desapercibida: cada plano del filme está compuesto con su centro de interés al centro de la imagen. Lo primero que recomiendan en los cursos de iniciación a la fotografía es no hacer ésto, buscar y usar la regla de tercios, la proporción áurea, las líneas de fuerza, el movimiento, etc. Sin embargo aquí no: todo está centrado. El resultado es efectivo y astuto: a pesar de movernos a toda velocidad por un mundo de “basura rococó”, como espectador uno no se pierde, la acción se entiende y la historia se sigue sin dificultad. Hace años hubo algunos críticos de cine tratando de demostrar la falta de oficio de Christopher Nolan mediante el análisis de secuencias de acción de “The Dark Knight” y de “Inception”: se veía que aquel director usaba cinco o seis planos para situaciones que podían ser descritas con uno, que saltaba el eje de acción continuamente (lo que estaba a la derecha de pronto estaba a la izquierda y viceversa) y que esta forma de narrar visualmente producía confusión. George Miller es lo contrario: “Fury Road” es prístina al narrar hechos complejos y ágil en mostrar escenarios abigarrados. El filme dura dos horas y durante casi todo este tiempo no pude despegar la mirada de la pantalla.
Otra cosa positiva que le puedo contar es cómo el personaje principal, Max, ha ganado en profundidad. Es curioso pensar cómo nunca antes se mostró porqué “Max” es “Mad (loco) Max”: en el primer filme se muestra su tragedia y luego lo vemos en distintas aventuras, pero no es hasta ahora donde se lo puede ver acosado por recuerdos y sufriendo lo que claramente son pequeñas crisis psicóticas. Se puede ver así algo central para esta serie de filmes: es un mundo muy cruel donde viven, y dicha crueldad los ha castigado a todos.
“Fury Road” también presenta por primera vez un personaje femenino fuerte, sin ser éste antagonista. La “Emperatriz Furiosa” podría perfectamente ser el centro de una serie propia: hija de una líder de la tribu de las mujeres, cargando cicatrices feroces, jefa de un grupo de guerreros que la obedece ciegamente. Es más, “Furiosa” cumple la vieja regla feminista: dos mujeres en pantalla hablando de algo que no son hombres.
A estas alturas, la pregunta no es ya si este filme es bueno, entretenido o bien hecho. La pregunta es ¿Hay algo que no guste en este filme? Quizá. Podríamos haber conocido más de la historia de los personajes en alguna conversación junto al fuego, o algo así. Sin embargo, sus historias se sugieren y dicha conversación junto al fuego se vuelve innecesaria realmente. Digo ¿Quien se detiene a conversar en un bólido de filme como éste?

Roberto Suarez Perez
robertosuarezperez@me.com

Ayer vi “Tokio Fist”

¿Que pasó al final?
Masoquismo
Macho sometido, macho liberador
mujer como el otro
sexo

Lo primero que verá cuando vea este filme es un brazo masculino golpeando el aire, y el aire sacudido por el golpe. Luego un gimnasio repleto de boxeadores practicando, mientras la cámara tiembla y se sacude. Desde el principio está claro que éste es un filme frenético y poco tradicional. Más que mal, es una obra intermedia de Shynia Tsukamoto ubicada entre el primer y segundo Tetsuo. Material de leyenda, podríamos decir entonces, para el fan del ciberpunk.
Cuenta la historia de Tsuda, quien trabaja vendiendo seguros y vive con su novia. Ambas actividades las practica con supremo aburrimiento, mientras escapa del espanto que le causa lo que se esconde detrás y debajo de su vida tranquila: la destrucción. Un día se encuentra con un antiguo compañero de colegio, Tajuki, y la novia de Tsuda lo invita a su casa. Tajuki llega, es un boxeador muscular y magnético, trata de besar a la novia y se va. Tsuda, loco de celos, trata de golpear al conocido y pierde. Desde entonces él y su novia descienden desde la seguridad de lo civilizado hacia la pura carne y el masoquismo.
Masoquismo. Tiene un poco de todo en cuanto a éste, excepto lluvia dorada. Lo interesante es que en el filme funciona como funciona en la vida: como una estrategia extrema de reposesión de si mismo, usando el cuerpo como “cabeza de playa”. Los personajes se hieren y destruyen para calmar para ser lo que ellos quieren ser: los administradores de sus miserias, no los esclavos de las mismas.
El malo golpea y ejercita sus músculos furiosamente, que podrían parecer paupérrimos pero que calzan muy bien en un peso mosca. El bueno se ejercita y trata de volverse digno de su mujer, volviéndose más masculino: una de las principales características que definen al macho tradicional es que incluso tranquilo es potencialmente violento, capaz de someter a cualquier rival. Un “macho-varón-masculino” que se adueña de los espacios donde camina, no un pelele. La mujer se hiere de formas cada vez más grotescas (me recordó el personaje de Mandy Clarke en “Return of the Living Dead 3″) hasta independizarse de su subordinación a los hombres, perdiendo todo rasgo de humanidad. Todos viajando a través de la violencia, todos buscándose.
Si miramos las similitudes temáticas entre “Tokio Fist” y los demás filmes de Tsukamoto, un patrón aparece: es una obra profundamente adolescente. El mundo es amplio, desconocido y amenazante, la mujer es un misterio extraterrestre y fuente de dolor, el sufrimiento y las angustias son inevitables, la transformación personal es inevitable. Cuando vi el primer “Tetsuo” me impactó tanto su aspecto formal que no puse mucha atención ni a la narración ni a estos temas. Aquí le podría pasar lo mismo, querido lector: si hay un adjetivo para definir este filme, ese sería “furioso”.
Una obra adolescente, machista y furiosa, llena de ruido y angustia, donde la destrucción corporal es la única vía de salida.

Roberto Suarez Perez

Ayer vi “Regreso a Itaca”

Déjeme contarle un asunto sobre este filme: es célebre, pero por razones bastante tristes, ajenas de cierto modo al filme en sí. Por estas razones supe de su existencia y por estas razones, entre otras, tenía muchas ganas de verlo. Y lo vi y está muy bueno.
Cuenta la historia de Amadeo, quien es un escritor y profesor cubano que vive en España y que, aprovechando su viaje a Cuba, se reúne con sus viejos amigos a compartir unos tragos, reírse con historias de juventud y saldar algunas grandes cuentas pendientes.
La historia se desarrolla en la azotea de uno de los amigos, ubicada en el barrio de Centro Habana. Allí hay sol, viento, cactus, el sacrificio de un puerco para una celebración deportiva, vecinos gritándose intimidades y una vista espectacular del malecón habanero. Los amigos conversan, bajan a cenar al departamento y suben para seguir conversando. Cuando tenía el dvd en mis manos pensé “Voy a pasar dos horas en un David Mamet cubano”, pero no fue tan así: a diferencia de las historias más conocidas del norteamericano, aquí no hay grandes alardes de astucia o buceos en el patetismo individual, sino personas a las que la historia “les metió curva” y hoy se descubren sin juventud ni relato colectivo. Personajes perplejos y tristes.
El argumento plantea a cada personaje de forma igual y diferente a la vez: todos están frustrados, pero cada uno de forma específica.
El protagonista se fue a España hace 16 años y escapó así a las dificultades conocidas de la sociedad isleña, pero sufrió la soledad de las sociedades capitalistas y un bloqueo creativo: cuando logra escribir sólo le sale “amargura y rencor”, y no quiere eso. El mejor escritor del grupo dejó las letras para convertirse en un dirigente-empresario de éxito: usa iPhone, ropas caras y se disfraza de pedestre ante los demás, escapando de sí mismo y de la realidad de su país. La amiga “loca, loca y que siempre será una loca” es hoy una doctora que no puede vivir de su sueldo y que llega a fin de mes gracias a los regalos de sus pacientes, pero ese no es su dolor más grande: sus hijos se fueron del país y no los ha visto hace tanto tiempo que perdió la cuenta. El amigo negro del grupo, el más humilde y bienintencionado, se mantiene como creyente en el en el proyecto socialista, pero “sin alegría”: testigo a lo largo de los años de cada pequeña y gran refutación del relato revolucionario, tiene que ver hoy como su fe muere en él y no se traspasa a sus hijos. El amigo rebelde del grupo, el que “cuando escuchaba a los Beatles tenía que asegurarse que todos lo supieran”, siguió siendo pintor, pero dejó su talento de lado: hoy “mete color y color” y fabrica las tonterías que compran los turistas. Ninguno llegó al lugar donde quería llegar, todos llevan un quiebre en sus historias como una herida.
La conversación parte con el recuerdo aventuras, borracheras y Serrat, pero cuando Amadeo, el protagonista, anuncia su voluntad de volver definitivamente al país dicha conversación evoluciona hacia esta herida común: Cómo llegamos aquí, qué nos pasó, qué pasó con aquella épica en la que creíamos. Se tocan varios temas muy importantes para quienes vivieron esta historia: la creencia en la moral revolucionaria, el doble discurso, la persecución al que tenga más preguntas que certezas, la incertidumbre sobre el futuro. Así, palabra a palabra mientras queda la pregunta pendiente ¿Por qué Amadeo quiere volver ahora?
Tenía ganas de ver este filme por dos motivos (el motivo triste se lo cuento en segundo lugar):
Se basa en “La novela de mi vida”, de Leonardo Padura, que cuenta la historia de un escritor radicado en España que vuelve al país para realizar una investigación sobre José María Heredia, el primer poeta cubano, de la primera mitad del siglo XIX. La novela se estructura en tres niveles paralelos:
– Heredia, poeta de gran talento y ferviente patriota, traicionado por sus compañeros y desechado por la historia política de su país, empujado al exilio.
– El protagonista, empujado al exilio por el celo de los que algunos llaman “defensores de la fe”, o integristas del sistema socialista, quien hoy se plantea seriamente volver.
– El mismo Padura, quien es conocido por su éxito literario y su postura crítica al gobierno cubano, pero “desde dentro”.
En esta novela está la escena que da pie a la película: la azotea, los amigos y las culpas. Pero el filme condensa y reacomoda elementos dramáticos para preparar la potencia de su clímax: si la escena clave de la novela está en Heredia enfrentando al gobernante que traicionó el ideal independentista, en el filme está en la respuesta a la pregunta por el regreso del protagonista. Ambas obras tratan de lo mismo: de las personas que son el “daño colateral” de la historia, pero estructurada diferente.
El segundo motivo por el cual quería ver esta película es el motivo triste: iba a participar del Festival Internacional de Cine de La Habana, pero fue bajada a último minuto sin explicaciones. Dicho acto, no exhibir el filme, provocó el lamento y la incredulidad de su director francés (quien ya había realizado filmes en Cuba y se considera “de los de acá”) y una enérgica carta de reclamo de cineastas y artistas de cine de la isla. Por supuesto, no es la primera vez que pasa algo así: está aquel documental sobre la vida nocturna cubana en los 60 que se bajó porque daba una imagen muy frívola sobre los revolucionarios, y está aquella más bien soporífera versión de Alicia en el país de las maravillas que denunciaba los absurdos que el conservadurismo socialista provocaba, pero mediante metáforas y máquinas de humo en campo abierto. Pero lo que dice la carta es que la censura hoy es inexplicable, considerando el llamado a la apertura y la crítica que el mismo presidente cubano formuló hace ya varios años. Censurar hoy, planteaba la carta, es boicotear la misma Revolución que se pretende proteger con la censura.
Y así, una triste mano negra “bajó” este filme. Pero, por supuesto, le dio el atractivo de lo prohibido: mientras su servidor estuvo en Chile buscó este título tanto por los canales oficiales de distribución como por los extraoficiales, sin suerte y sin ser el único. Pero, mire lo que son las cosas, vine a encontrar el “Regreso a Itaca” en La Habana, en estos maravillosos puestos de comercio legal de películas piratas (reguetón, el Detective Conan, antologías de Bruce Willis junto a filmes de Bertolucci), y el filme se vende bien. Incluso sin internet, estos tiempos modernos han vuelto la censura obsoleta y a los “guardianes de la fe” (según la definición de Fernando Rasverg) en impotentes.
La fotografía es espectacular, el sonido admirable (ésto lo podría escribir en mayúsculas) y el ritmo sin mácula. Los intérpretes son fantásticos y al comparar el libro con la película se puede ver cuánto gana una historia al encarnarse con talento. Sobre lo narrado, bueno, ya a estas alturas lo sabe usted: para quien no conozca en detalle la historia cubana relativamente reciente este filme tendrá poco interés y quizá resulte denso; más que mal, es de cierta forma un ajuste de cuentas. Para quien conozca la historia de esta isla tan particular, éste es el filme que se venía esperando desde la época de “Lista de Espera” (nacida timorata) y “Paraíso Bajo Las Estrellas” (nacida escapista, pero con una actriz bella): un modo de mirarse honestamente, sin piedad ni medias tintas, y este filme es durísimo en su honestidad. Gracias a sus grandes directores esta es la tradición también del cine cubano (Gutierrez Alea y Santiago Alvarez, por ponerle un ejemplo clásico), heredera de la revolución cinematográfica italiana. Filmes que se sienten reales y dejan una sola gran pregunta: Y ahora ¿Qué hacemos?