Ayer vi La mujer del Animal

Este es último filme del cineasta, escritor y poeta Víctor
Gaviria, quien es conocido internacionalmente por, entre
otros títulos, La vendedora de rosas. Cuenta con la
actuación brillante de Natalia Polo y participó en la
competencia del 38 Festival Internacional del Nuevo Cine
Latinoamericano.
Cuenta la historia de Amparo, quien escapa del colegio de
monjas tras ser castigada duramente por una travesura. El
problema está en que se refugia en la casa de su hermana,
quien vive en la periferia de Medellín y demasiado cerca del matón local llamado El animal. Este la mira, la codicia y
la toma por la fuerza, iniciando así para Amparo una
pesadilla de años, donde nadie la puede ayudar por miedo.
Aquí, empezando, es cuando las palabras se vuelven engañosas, querido lector: este filme es un drama social, heredero
formalmente del Nuevo Cine Latinoamericano, que a su vez se
basa en el Neorrealismo. Pero ¿Sabe algo? Realmente este
filme es de horror: los sufrimientos de la protagonista son
mostrados con una sencillez y claridad insoportables por
momentos. Ver este filme es como ver un título de Lucio Fulci por primera vez: una experiencia traumática.
Lo que diferencia los filmes del italiano con el del
colombiano es que el último muestra un dominio técnico y
dramático muy superior que el primero, y que el filme del
colombiano tiene una narrativa materialista y responsable
socialmente. En otras palabras, aquí la maldad más absoluta
no es fruto de fantasmas, zombis y brujos, sino de personas
tan terrenales como usted o como yo, y ése precisamente es el problema. Aquí se describen varias situaciones: la fragilidad total de la situación de la mujer en una sociedad que no
cuestiona sus tradiciones, las reglas del machismo a nivel
social, las acciones de los bravos y violentos, cómo es vivir cuando se pierde todo. Todas estas situaciones están
ambientadas en Medellín, pero podrían haber pasado
perfectamente en cualquiera de nuestros países, incluyendo mi telúrico Chile. De hecho, esta historia suena como algo que
uno ha escuchado antes, pero no me malentienda aquí: suena
como las advertencias que los padres y abuelos le hacen a las muchachas que comienzan su adolescencia, como las historias
que se cuentan en los barrios populares sobre los guapos,
como las tragedias que uno ha leído en la prensa. En otras
palabras, a diferencia de los monstruos del cineasta
italiano, este filme es aterradoramente real.
Contra los monstruos se pueden usar encantamientos, formas
específicas de matarlos o de alejarse de ellos: si ve una
mansión vieja, oscura y mal cuidada durante una noche de
tormenta, no entre en ella. Pero contra el Animal de este
título ¿Qué se puede hacer? Un tipo de unos treinta años,
fuerte, tomador de aguardiente, incapaz de entender nada que no sea sus propios deseos, líder entre los suyos, un violador serial, capaz incluso del horror común de la pedofilia
incestuosa. Los gobiernos crean planes de educación (que
segregan), planes de seguridad (que legitiman el abuso
policial) y cárceles cada vez más grandes y apocalípticas,
los sacerdotes tratan de mantener el buen comportamiento de
la población mediante historias fantásticas que crean culpa, la gente se sacrifica trabajando para poder comprar casas más caras en barrios más caros, lejos del peligro y de su origen también, lo cual da lugar a una paradoja que parece más bien un juego de palabras: gente humilde que se pierde al tratar
de salvarse, ya que pierde su barrio, su identidad y su
historia al tratar de pertenecer a una clase social más
elevada que la suya, exorcizando la violencia al caer en la
anomia. Sin embargo, este tipo de violencia extrema no
desaparece porque es estructural, es cosa de ver qué pasa
cuando algo rompe el flujo de lo cotidiano: un terremoto,
demasiada lluvia, un embotellamiento, una infidelidad o un
viaje demasiado tarde hacia los guetos. El Animal no es tan
solo un problema en sí, como individuo, sino que es un
problema porque no es un solo individuo. Es violencia
estructural.
¿Estructural como la estructura de madera que sostiene las
casas pobres acá en La Habana? Precisamente: la estructura de madera sostiene la casa vieja a medio derrumbar, mientras se aplaza indefinidamente la visita de la brigada de
constructores y los muchos sacos de cemento y arena que hacen falta, constituyendo así el paisaje tan recurrente en las
fotografías del turista en Cuba. La delincuencia funciona
como ley cuando la nación o el Estado no cumplen su función, el machismo funciona como regla cuando no se ha enseñado lo
suficiente que todos los humanos valemos lo mismo por ser
precisamente humanos, la agresión funciona como forma de
relación cuando no existe realmente una relación, entendida
como intercambio. Cuando la sociedad no cumple su función
protectora y fértil, la violencia ocupa su lugar. Esto es
cierto en Medellín, lugar de los desayunos legendarios, en la bella y rica Colombia, herida por una guerra increíble e
interminable, y es cierto en el resto de nuestra
Latinoamérica. Verá, querido lector, vivimos en un continente con un potencial fabuloso y una realidad apocalíptica. Esto
es cierto incluso en los países que se ven bien de lejos,
como mi Chile. Quite los tiros de pistola si quiere o la
fantástica jerga popular colombiana, póngale una casa mejor
construida incluso: el Animal está en todas partes.
El filme de Gaviria es impecable tanto técnicamente como en
el desempeño de sus intérpretes, que es ni más ni menos lo
que usted se merece como espectador, querido lector: un
resultado de primer nivel. Su historia funciona muy bien en
cuanto a ritmo y en su desarrollo, sin perder de vista ni el ancla firme en la realidad ni la coherencia. Es realmente un filme de horror ya que es eso lo que produce en sus
espectadores, siendo los momentos de calma sólo la
preparación para una nueva brutalidad, una nueva prueba
insoportable, obra del monstruo. Un filme que cuesta soportar pero que no se puede dejar de ver.
Un filme que lo deja a uno parafraseando a Almafuerte ¿Cómo
es esto posible de ser?

Roberto Suarez Perez

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Ayer vi la nueva Ben Hur

Ayer vi Ben Hur
Este es un filme del 2016, dirigido por Timur Bekmambetov y
protagonizado por Jack Huston, Toby Kebbell y Rodrigo
Santoro. Es casi, como sabrá por el título, un remake del
filme de los cincuentas protagonizado por Charlton Heston
(que tampoco fue la primera versión fílmica de esta
historia), aunque realmente es una nueva versión del libro
original de Lew Wallace ¿Importa algo esta diferencia? Más
adelante le cuento.
Cuenta la historia de la amistad, hermandad, crisis, lucha a muerte y reconciliación entre Messala Severus y Judah Ben
Hur. Además, hay algo de romance y bastante de luchadores por la libertad: el pueblo judío peleando contra la fuerza romana de ocupación. Si recuerda el filme original, parte fija de
la programación televisiva durante la semana santa católica
en nuestros países, ya sabe lo necesario: es la misma
historia con más o menos los mismos puntos culmines.
Es un filme moderno que se ve brillante, saturado y
contrastado, que cuenta con buenas interpretaciones y con un diseño de producción a la altura de la historia que cuenta.
Si tiene algo criticable a nivel técnico es la profusión de
planos breves: allí donde una descripción se podría entregar en una imagen aquí se muestra en cinco o diez, convirtiendo
situaciones simples en complejas innecesariamente. Por
supuesto, lo que le digo no es algo exclusivo de este filme
ni nuevo tampoco, ¿Cuántos años hace que se estrenó Natural Born Killers ?, con frecuencia se señala esta voluntad de
provocar impaciencia y confusión como una influencia de los
videoclips en el cine, otra hibridación más en la rama del
arte más mestiza que tenemos. Por supuesto también, ya que
estamos en el terreno del arte, aunque los presupuestos de
realización en el primer mundo sean millonarios y aunque las entradas al cine sean carísimas en todas partes (menos en
Cuba), no hay reglas sobre realización: se puede hacer
cualquier cosa con tal que funcione para el propósito de la
obra.
Pero ahí está el quid: tiene que estar en pos del propósito
de la obra. En este caso la pregunta sería ¿Qué gana el nuevo Ben Hur con este montaje frenético? ¿Sólo apelar al gusto de las nuevas audiencias o favorecer la inmediatez de la
vivencia? Contar una historia que se sienta intensa está
muy bien, es parte de lo que hizo a Saving Private Ryan un filme en ocasiones tan visceral, pero siendo el ver una
película una experiencia extensa en el tiempo (dos horas en
este caso) el tocar una sola nota puede ser algo repetitivo, similar a un concierto de death metal para el que no es
aficionado a ese tipo de música. Si consideramos que la
extensión de Ben Hur no es sólo la del tiempo del metraje
sino de los muchos años que abarca la narración, la necesidad de versatilidad, frenesí en el retrato de la violencia y
calma en lo reflexivo, es más patente. Como le decía antes,
en el arte no hay reglas, pero ¿No conspira esta monotonía
tonal contra el filme? Bekmambetov saltó a la fama hace unos cuantos años con Guardianes de la Noche, un filme de
vampiros contemporáneos extraordinariamente divertido y
visualmente exuberante, dando pie a una carrera donde el CGI es tan importante como la historia. En otras palabras, no es un director que se caracterice por su moderación.
En términos políticos este filme repite el modelo de los
filmes romanos de toda la vida: el imperio que consolidó la
cultura occidental es una dictadura brutal a la que se oponen los individuos de buena voluntad. Al igual que entonces, los malos romanos no tienen mucho más aparte de su maldad,
exceptuando al antagonista principal, la contraparte de este romance masculino fallido: Messala, quien es el personaje más rico en matices. Morgan Freeman repite el tipo de roles que
lleva repitiendo durante los últimos veinte años, el sabio
ayudante. Rodrigo Santoro aporta su aura de fragilidad y poco más a un rol que reconocerá de inmediato, pero que no se
nombra: no es por falta de talento del brasileño, sino por
falta de espacio, aunque su presencia es una ampliación
bienvenida de la espalda mítica del original. Esto lo recoge de forma más fiel del libro original, lo cual sitúa a este
filme más cerca de la propaganda cristiana que el filme del
59: el libro original fue incluso bendecido por el Papa de
aquel entonces, asunto inusual donde los haya. Si le parece
que hago aquí afirmaciones exageradas, considere lo
siguiente: si reemplaza a Jesús por Mussolini (cambiando la
época en que se ambienta, por supuesto) ¿Qué queda sino un
panfleto muy bien logrado?
Un panfleto que es un drama con una escena extraordinaria: la carrera de carrozas. Investigando un poco, muy someramente,
resulta que dicha escena era famosa ya y en las posteriores
representaciones teatrales dicha escena alcanzó un cenit
difícil de imaginar en estos tiempos de escenografías
minimalistas y abundante diálogo: se cuenta que en el
escenario había un fondo móvil, varios caballos y
ventiladores lanzando polvo, todo para crear la ilusión de
velocidad y peligro. A partir de esta herencia es fácil
entender el porqué del cuidado puesto en la realización de
esta escena tanto en la película con Heston como en esta
versión: si los filmes deben ser razonablemente buenos, como todo filme, esta escena debe ser espectacular. Y lo es. En
este sentido sería pecar de quisquilloso señalar algún
defecto en una escena muy bien lograda, pero quizá,
rebuscando mucho, hay algo: sin diálogos esta escena sería
pura perfección visual. Pero está bastante bien de todas
formas.
Y, bueno, básicamente eso es lo que puede encontrar en este
filme: algunos clichés en casting y escenas, un discurso
demasiado cargado y maniqueo en defensa de la religión
cristiana y buenas escenas, con una especialmente
emocionante. El filme de Heston no era tan proselitista como este, lo que hace pensar ¿Qué ha cambiado desde entonces?
¿Este filme es así porque pretende acercarse más al material original o porque los tiempos han cambiado? ¿Estamos en
tiempos de mayor proselitismo religioso, de ánimos místicos
más crispados? ¿Qué rol juega en esta crispación obras como
ésta?

Roberto Suarez Perez


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Ayer vi Darling

Este es un filme de terror del año 2015 dirigido por Mickey
Keating. Cuenta con las actuaciones de Lauren Ashley Carter
en el rol protagónico y la aún bellísima Sean Young en un rol secundario.
Cuenta la historia de Darling, quien toma el trabajo de
cuidar una casa en el centro de Nueva York mientras su dueña se ausenta. El problema es que la casa tiene un pasado: una
cuidadora anterior saltó desde el cuarto piso y los vecinos
cuentas historias sobre antiguos dueños dementes que
realizaban rituales. Darling comienza a perder contacto con
la realidad hasta que las cosas se vuelven muy graves.
El filme está realizado en un blanco y negro bien logrado, de sombras profundas. Su realización es impecable, con buenas
actuaciones, puesta en escena y un sonido que da bastante
miedo. El filme está estructurado en capítulos nombrados
según el desarrollo de la historia, pero manteniendo una
ambigüedad fundamental:
¿Es esta una historia de terror psicológico, acerca de la
desintegración mental de una muchacha frágil, o es sobre
terror satánico, acerca de cómo una sutil influencia
demoniaca provoca el crimen y la tragedia?
Esta pregunta fundamental nunca se resuelve de forma
concluyente, lo cual actúa en favor del filme, la verdad. Lo literal es lo que vemos, aunque su significado sea ambiguo o contradictorio. En este sentido, este es un filme que trata
más bien sobre la subjetividad de la protagonista que sobre
hechos propiamente tal.
Por supuesto no es el primer filme que trata sobre esto del
modo en que Darling lo hace: aquí hay una deuda enorme con los primeros filmes de Roman Polanski. En específico, tanto
por temas, tratamiento e incluso locación, la deuda es con
El bebé de Rosemary, El inquilino y Repulsión. Por
supuesto esta deuda no es inconsciente: más que una
influencia lo que hay aquí es un homenaje. Y por supuesto
también, estamos hablando de uno de los grandes directores de cine vivos que nos quedan, una leyenda polémica e inusual,
que ha tenido en su obra el raro mérito de que incluso el
peor de sus variados títulos (aquel thriller satánico con
Johnny Deep) es un buen filme. Esto es tan así que incluso su primer largometraje postuló a los Oscar como mejor película
extranjera. Por difícil que sea definir algo como lo
siguiente, este es un filme a lo Polanski.
John Carpenter decía que sólo había dos tipos de filmes de
terror: los del miedo externo y los del miedo interno, y que ambos miedos eran básicamente miedo a la muerte, la muerte
física y la locura, que sería la muerte del yo. Estos
primeros filmes de Polanski trataban sobre angustias
terminales y locura, lo que los clasifica según lo anterior
en filmes de terror, lo hacían en blanco y negro, con pocos
personajes y con énfasis en la psicología de los personajes, utilizando durante el proceso una gran economía de recursos
narrativos, donde cada recurso influye en el impacto total de la historia y ninguno de estos recursos sobra. Son filmes
perturbadores, de aquellos que el espectador recuerda durante años y muy efectivos a la hora de provocar miedo.
Este filme recoge estas características y las usa, pero con
menor destreza. A diferencia de sus inspiraciones, la
protagonista de este filme comienza ya con graves
perturbaciones, sufriendo lo que parece ser breves crisis
psicóticas que se enfatizan con recursos de montaje rápido
que se alternan con periodos contemplativos que no hacen más que enfatizar el extravío sufrido. Así la impresión que se
obtiene es la de una gran crisis permanente que sube de
volumen, sin haber nunca un momento de normalidad mental,
un puerto seguro desde donde parte la tragedia. En otras
palabras, este filme no es un viaje desde la normalidad hacia la locura, sino una locura que empeora, lo cual afecta el
desarrollo de la narración al homogeneizarla. Junto a esto
hay cerca del final un intento de explicación que se entrega en una conversación telefónica, lo cual actúa en detrimento
también del total. Más que mal, la ambigüedad fue
precisamente uno de los grandes méritos de las obras
inspiradoras. Hay algunas secuencias que se sienten
reiterativas e innecesarias también.
Este no es un mal filme, pero en virtud de lo anterior parece estar contada de forma insegura: trata mucho de lograr sus
resultados y parece no tener claro de cuándo lo logra. Por
esto parece ser obra de un director brillante, pero de poca
trayectoria, de alguien que conoce de historia del cine pero que aún no se ha desarrollado plenamente como autor. La obra de un excelente alumno que si continua podría convertirse en un director interesante.
Quizá sea un signo de estos tiempos, una época de escuelas de cine e internet donde resulta más fácil que antes desarrollar una erudición motivada por el amor al arte, pero donde
resulta igual de difícil sacar una voz propia. Quizá sea hoy más difícil que antes ¿Sabe? El acceso amplio a la
información podría provocar la impresión de que todo está
hecho y que un camino válido sea el reproducir lo mejor de
antes. Aunque pensándolo mejor, quizá no sea un fenómeno
actual: durante sus primeros cincuenta años el cine se basó
fundamentalmente en obras derivadas de otros medios, tales
como la literatura o el teatro. Así se multiplicaban las
historias de capa y espada, de vaqueros y de romances al
estilo de las grandes novelas del siglo 19. Por su amor a
Polanski, este filme encaja justo en la misma categoría de
House of The Devil o la obra completa de Tarantino: una
especie de rockabilly audiovisual, una copia de un momento
bien específico del pasado, copia motivada por el amor a este momento.
Esto le genera a su servidor dos preguntas que no voy a
responder ¿No es este afán por reproducir el pasado un
esfuerzo fundamentalmente estéril?, o en caso contrario
¿Existe el arte plenamente original?

Roberto Suarez Perez


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