Ayer vi Darling

Este es un filme de terror del año 2015 dirigido por Mickey
Keating. Cuenta con las actuaciones de Lauren Ashley Carter
en el rol protagónico y la aún bellísima Sean Young en un rol secundario.
Cuenta la historia de Darling, quien toma el trabajo de
cuidar una casa en el centro de Nueva York mientras su dueña se ausenta. El problema es que la casa tiene un pasado: una
cuidadora anterior saltó desde el cuarto piso y los vecinos
cuentas historias sobre antiguos dueños dementes que
realizaban rituales. Darling comienza a perder contacto con
la realidad hasta que las cosas se vuelven muy graves.
El filme está realizado en un blanco y negro bien logrado, de sombras profundas. Su realización es impecable, con buenas
actuaciones, puesta en escena y un sonido que da bastante
miedo. El filme está estructurado en capítulos nombrados
según el desarrollo de la historia, pero manteniendo una
ambigüedad fundamental:
¿Es esta una historia de terror psicológico, acerca de la
desintegración mental de una muchacha frágil, o es sobre
terror satánico, acerca de cómo una sutil influencia
demoniaca provoca el crimen y la tragedia?
Esta pregunta fundamental nunca se resuelve de forma
concluyente, lo cual actúa en favor del filme, la verdad. Lo literal es lo que vemos, aunque su significado sea ambiguo o contradictorio. En este sentido, este es un filme que trata
más bien sobre la subjetividad de la protagonista que sobre
hechos propiamente tal.
Por supuesto no es el primer filme que trata sobre esto del
modo en que Darling lo hace: aquí hay una deuda enorme con los primeros filmes de Roman Polanski. En específico, tanto
por temas, tratamiento e incluso locación, la deuda es con
El bebé de Rosemary, El inquilino y Repulsión. Por
supuesto esta deuda no es inconsciente: más que una
influencia lo que hay aquí es un homenaje. Y por supuesto
también, estamos hablando de uno de los grandes directores de cine vivos que nos quedan, una leyenda polémica e inusual,
que ha tenido en su obra el raro mérito de que incluso el
peor de sus variados títulos (aquel thriller satánico con
Johnny Deep) es un buen filme. Esto es tan así que incluso su primer largometraje postuló a los Oscar como mejor película
extranjera. Por difícil que sea definir algo como lo
siguiente, este es un filme a lo Polanski.
John Carpenter decía que sólo había dos tipos de filmes de
terror: los del miedo externo y los del miedo interno, y que ambos miedos eran básicamente miedo a la muerte, la muerte
física y la locura, que sería la muerte del yo. Estos
primeros filmes de Polanski trataban sobre angustias
terminales y locura, lo que los clasifica según lo anterior
en filmes de terror, lo hacían en blanco y negro, con pocos
personajes y con énfasis en la psicología de los personajes, utilizando durante el proceso una gran economía de recursos
narrativos, donde cada recurso influye en el impacto total de la historia y ninguno de estos recursos sobra. Son filmes
perturbadores, de aquellos que el espectador recuerda durante años y muy efectivos a la hora de provocar miedo.
Este filme recoge estas características y las usa, pero con
menor destreza. A diferencia de sus inspiraciones, la
protagonista de este filme comienza ya con graves
perturbaciones, sufriendo lo que parece ser breves crisis
psicóticas que se enfatizan con recursos de montaje rápido
que se alternan con periodos contemplativos que no hacen más que enfatizar el extravío sufrido. Así la impresión que se
obtiene es la de una gran crisis permanente que sube de
volumen, sin haber nunca un momento de normalidad mental,
un puerto seguro desde donde parte la tragedia. En otras
palabras, este filme no es un viaje desde la normalidad hacia la locura, sino una locura que empeora, lo cual afecta el
desarrollo de la narración al homogeneizarla. Junto a esto
hay cerca del final un intento de explicación que se entrega en una conversación telefónica, lo cual actúa en detrimento
también del total. Más que mal, la ambigüedad fue
precisamente uno de los grandes méritos de las obras
inspiradoras. Hay algunas secuencias que se sienten
reiterativas e innecesarias también.
Este no es un mal filme, pero en virtud de lo anterior parece estar contada de forma insegura: trata mucho de lograr sus
resultados y parece no tener claro de cuándo lo logra. Por
esto parece ser obra de un director brillante, pero de poca
trayectoria, de alguien que conoce de historia del cine pero que aún no se ha desarrollado plenamente como autor. La obra de un excelente alumno que si continua podría convertirse en un director interesante.
Quizá sea un signo de estos tiempos, una época de escuelas de cine e internet donde resulta más fácil que antes desarrollar una erudición motivada por el amor al arte, pero donde
resulta igual de difícil sacar una voz propia. Quizá sea hoy más difícil que antes ¿Sabe? El acceso amplio a la
información podría provocar la impresión de que todo está
hecho y que un camino válido sea el reproducir lo mejor de
antes. Aunque pensándolo mejor, quizá no sea un fenómeno
actual: durante sus primeros cincuenta años el cine se basó
fundamentalmente en obras derivadas de otros medios, tales
como la literatura o el teatro. Así se multiplicaban las
historias de capa y espada, de vaqueros y de romances al
estilo de las grandes novelas del siglo 19. Por su amor a
Polanski, este filme encaja justo en la misma categoría de
House of The Devil o la obra completa de Tarantino: una
especie de rockabilly audiovisual, una copia de un momento
bien específico del pasado, copia motivada por el amor a este momento.
Esto le genera a su servidor dos preguntas que no voy a
responder ¿No es este afán por reproducir el pasado un
esfuerzo fundamentalmente estéril?, o en caso contrario
¿Existe el arte plenamente original?

Roberto Suarez Perez


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Ayer vi The Funhouse Massacre

Este es un filme de terror del año 2016, dirigido por Andy
Palmer y escrito por Ben Begley, y que cuenta con las
actuaciones de, entre otros, Robert Englund.
La historia comienza cuando una periodista ingresa a una
cárcel secreta para criminales dementes, seduciendo al
director para lograr acceso. Pero la periodista no es sino la hija de uno de los internos y, mediante un par de asesinatos crueles, logra liberar a todos los psicópatas, quienes se
escapan hacia un parque de diversiones que tiene una Casa de Terror basada en sus crímenes. A la vez, un grupo de jóvenes disfrazados, donde la pareja protagónica es un par de nerds, va a pasar la noche en este lugar ¿Por qué? Porque es la
noche de Halloween. Y los visitantes no saben que lo que van a ver es real y no una puesta en escena.
En términos formales no es precisamente un filme de sustos
propiamente tal, sino una comedia de aventuras con una fuerte carga iconoclasta: referencias hay sobre todo, desde el
doctor Who, Machete, Killer Clowns from Outer Space, Harley
Quinn, aquel video grunge de la abejita, la película del
dentista de Brian Yuzna, Atari. Ya sabe a lo que me refiero: lo que hoy llamamos geek.
Esto es un fenómeno común en estos días: la balcanización
de la cultura. En esta época se puede encontrar obras
dirigidas a los fans del baile, de los viajes, de las selfis, de los juegos de mesa, etc. Se podría argumentar que es
producto de la globalización de la cultura, donde las
peculiaridades locales ceden paso a la cultura dominante, de internet, de un proceso de democratización de las identidades donde cada vez hay más oportunidad para la expresión de lo
minoritario y lo bizarro. Usted escoja. Para mí es el
capitalismo: el cine es un arte industrial que está forzado a generar ganancias económicas, por lo que cada nicho potencial será explorado tarde o temprano.
Está bien hecho técnicamente: buena fotografía, buen sonido, actuaciones competentes, un diseño de producción efectivo. No sería justo descartar este filme comparándolo con obras
mayores en complejidad y alcance, precisamente porque este
filme no pretende ser complejo ni trata sobre grandes temas. Quiere entretener y por momentos lo logra, en especial en su segunda mitad: sus diálogos pretenden ser ingeniosos y a
veces lo son, tiene el topless obligatorio, un poco de gore
efectivo gracias al legendario Robert Kurtzman (de la antigua KNB), consumo de marihuana y chistes políticos y sexuales.
Sería un artículo central más que digno en la revista
Fangoria: no es un filme genial, pero está bastante bien. De hecho, está bastante mejor que alguno de los filmes
ochenteros a los que hace referencia. Un filme de fans para
fans.
Es el tipo de filme que se disfrutaría mejor con amigos,
algún psicoactivo y un control remoto para revisar en detalle alguna escena impactante y adelantar algún tiempo muerto.

Roberto Suarez Perez


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Ayer vi Non Castus

Este es un cortometraje chileno que formó parte de la
competencia en su categoría en el 38 Festival Internacional
de Cine de La Habana. Su directora es la joven Andrea
Castillo Cuéllar, quien presentó este corto personalmente en el Cine Chaplin, en la capital cubana.
Cuenta la historia de una madre y su hijo, quienes viven en
un cuarto y comparten la intimidad de los que están muy
cerca. A través de detalles mínimos se puede ver como la
relación entre ambos se transforma bajo el peso de la soledad y la necesidad de afecto.
Este corto es técnicamente impecable, tanto en su fotografía como en sonido, puesta en escena e interpretaciones. Esto es algo que se da por hecho, pero que, debido a la naturaleza
del formato (los cortos son frecuentemente área de ensayo y
error para directores nóveles) no siempre es así. El corto
está bien hecho y si el espectador tiene alguna dificultad a la hora de apreciarlo se puede deber más a las opciones
estéticas de su directora que a la calidad de la realización. Y la forma de narrar es aquí importante. Este corto entra
dentro de lo que podríamos llamar la poética chilena
contemporánea, dentro de la cual entra la música, el cine y otras corrientes artísticas: una sensibilidad que enfatiza lo minimalista, lo emocional y la intimidad. En festivales
pasados se han podido ver los filmes de Matías Bize, un autor chileno que basa estéticamente sus filmes en primeros planos con abundante bokeh (los fondos desenfocados), pocos diálogos y mucho espacio para suponer lo que está pasando dentro de
los personajes. Uno de los músicos de crecimiento más
meteórico en el país austral es Gepe, quien pasó desde los
conciertos universitarios (con abundante psicodelia y noise) hasta el Festival de la Canción de Viña del Mar, con
canciones de influencia folklórica que hablan sobre lo
íntimo. Y esos son sólo dos ejemplos.
Esta opción se revela en este corto mediante el uso de
pequeñas acciones y fragmentos de diálogo que, más que
mostrar, sugieren. También mediante el estilo visual, donde
la acción es fragmentada en detalles: espaldas, miradas,
planos que parecen robados clandestinamente, vistos de reojo. Pareciera ser que el espectador asiste, más que a los hitos
de la historia, a los tiempos intermedios. De este modo la
sensación que queda en su servidor es la de haber convivido
con los personajes del modo en que se convive con un familiar cercano o una pareja.
Y ese es el quid del asunto: esta es una historia acerca de
cómo la intimidad, la soledad y la necesidad de amor se
entremezclan. En un tema que fácilmente podría ser tratado de modo sensacionalista, con detalles escabrosos y el retrato de los involucrados como personas malvadas. Más que mal, y se lo digo sin querer contarle el final, este corto se trata sobre un tabú universal. Sin embargo, su directora opta por este
modo de contar, humano, íntimo y empático, y así logra algo
que es muy difícil: lograr que el espectador comprenda un
acto horrible.

Roberto Suarez Perez


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