Ayer ví “Bitch”

"Bitch", perra en español, es un filme estadounidense del año 2017 dirigido y actuado por Marianne Kalpe, Jason Ritter como protagonista. Su trailer lo cataloga como comedia negra feminista, lo cual es una buena forma de definir a este filme aunque, como pasa con todas las definiciones, tiende a ser reduccionista, y este filme da qué pensar.
Cuenta la historia de Jill y su esposo Bill. Ambos tienen una situación acomodada, cuatro hijos y dividen el peso de sus labores del modo en que se describe a continuación: Jill se encarga de todo y todos mientras Bill trabaja y mantiene un romance de oficina. El sólo piensa en sí mismo mientras ella colapsa, y su colapso tiene una forma bien particular: se transforma en una perra. Literalmente, ladrando y todo.
Una cosa curiosa de este filme es como lleva a cabo su premisa: a diferencia de casi todos los filmes de Adam Sandler, no hay aquí un aparato mágico ni un misterioso rayo de tormenta que permita que la transformación pase, sino sólo una gran crisis vital, como las que cualquier persona en una situación análoga podría tener. Si nos tomamos la premisa de forma literal, que es como se nos presenta por la realizadora, sucede porque la vida permite que suceda, es parte del contínuo de posibilidades que la realidad nos presenta: es parte del abanico de posibilidades, y eso hace que lo cotidiano se convierta en fantástico. En lugar de empobrecer lo narrado al obviar la excusa mágica, lo narrado se enriquece de forma sorprendente: ya no es el bosque sombrío ni el mago el que trae lo extraordinario, sino una situación muy triste y agobiante, no hace falta salir a caminar lejos de la ciudad. En este sentido este filme se podría emparentar con "A Monster Calls", el filme del 2016 dirigido por Juan Antonio Bayona: ambos son cine fantástico y ambos son acerca de cómo la realidad se rompe bajo un peso imposible de soportar.
Otra cosa curiosa de la premisa es su cualidad metafórica. Si resumimos el filme en una frase, "una mujer, sobrepasada por su virtual esclavitud doméstica como esposa y abandonada emocionalmente por el marido que tiene al lado, se vuelve una perra", podríamos hacer el ejercicio de quitarle lo extraordinario, quitarle la alegoría y convertirlo en común: en lugar de ladrar y andar a cuatro patas, la esposa se comporta como lo que se entiende como "perra", al amargarse y envilecerse en su encierro. Sin lo extraordinario, es una historia que se puede hallar en todas partes, la raíz de muchos divorcios, de muchos amoríos y de muchos hogares infelices. No es el origen de estas situaciones, pero sí lo más fácilmente identificable como el primer escalón de un camino que sólo lleva hacia abajo. Una historia tan cotidiana que se ha vuelto el lugar común cómico con respecto al matrimonio: el marido escondido en el trabajo, la esposa brutal, y todos los hijos gritando a la vez, demandando atención. Una historia común, pero donde lo común es poner el foco en el hombre ("American Beauty") y nunca en las necesidades de la mujer. Aquí no se recoge la visión de la mujer dentro del matrimonio, sino las consecuencias de la infelicidad de ésta. Sigue siendo una historia masculina, guiada por las peripecias de un hombre tratando de adaptarse a lo extraordinario, pero sobre lo que pasa cuando la mujer se pierde en términos existenciales. Quizá lo más terrorífico de esta narración sea precisamente eso: que sea la historia de cómo una mujer desaparece como persona tras la servidumbre del ser ama de casa, contada mediante el efecto de esa desaparición en los demás. Una narración sobre una desaparición contada mediante una desaparición. Esto hace que la condena de ser el segundo sexo se sienta aún más ominosa.
El mecanismo narrativo que usa este filme, tomar una frase alegórica y hacerla literal, no es raro: lo hizo Ricardo Piglia en "La CIudad Ausente", lo hizo Kafka en "La Metamorfosis", lo hizo Miyazaki en "El viaje de Chihiro". En los tres casos una situación cotidiana se vuelve fantástica al tomarse literalmente: ser una "máquina de narrar", sentirse como bicho raro, irse a un lugar nuevo y sentirse desaparecer. Los ejemplos son innumerables pero podría pasar el resto de la noche nombrándole títulos ("Algunas peculiaridades de los ojos", de Philip K Dick, o los muertos vivientes de Romero), pero valoro su tiempo, querido lector, aún más que el mío. Es una forma simple y efectiva de explorar una situación, ya que la alegoría original es plenamente reconocible. Aquí este mecanismo funciona de la misma manera, y funciona bien.
Lo que más llama la atención al ver este filme, además de su premisa y lo increíblemente egoista del personaje de Bill durante la primera mitad de la historia, es lo bien contado que está: comienza el primer minuto y de pronto ya han pasado cuarenta. Así de efectivo es el ritmo de la narración. Por momentos es extraordinariamente graciosa, en especial mirando con deleite cruel el colapso del mal marido. Está bien actuada, bien contada, con buenos personajes. Tiene, además de estos méritos, una gran economía de recursos: la metamorfosis de la esposa recuerda la última historia de "11-09-01", aquella del japonés que volvía de la guerra convertido en una serpiente, causando desesperación en su familia y su pueblo. Este filme evita las florituras innecesarias.
Al ver todos estos méritos, sorprende de este filme dos cosas: la compasión en el retrato de los personajes (a pesar de lo caricaturesco del comienzo) y que sea la misma directora la actriz que retrata a la esposa Jill. Hay que ser valiente para interpretar un rol así, y hay que ser valiente para contar una historia como ésta y contarla de este modo.
Un buen filme.
Roberto Suarez Perez

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Ayer vi Lao Pao Er, Mr Six

Este es un filme chino del 2015, dirigido por Guan Hu y
escrito por Dong Runnian. Es un drama criminal cuyos temas
principales son el honor, la pérdida de valores y la lealtad. Cuenta con las actuaciones de Feng Xiaogang, Zhang Hanyu, Li Yifeng y el cantante de Kpop Kris Wu.
Mr. Six es un hombre alto y fuerte, ya mayor, a quien todo el mundo en su barrio respeta: regaña a los jóvenes, cuida a los mayores, intercede como autoridad informal frente a la
policía en defensa de sus vecinos y mantiene el orden. Mr.
Six parece de piedra, pero tiene un dolor bien grande: a su
hijo no lo ve hace tiempo y éste lo repudia. Así que cuando
sabe un pequeño dato sobre éste lo sigue hasta que se entera del problema: su hijo está en problemas con un delincuente
juvenil rico, hijo de un oficial de gobierno. Mr. Six trata
de liberar a su hijo enfrentando el problema, armado sólo con su mal genio, una cadena de bicicleta, su grave problema
cardiaco, las reglas que impone la tradición y la moral y su fama como uno de los trece maestros: un grupo de amigos que derrotó en una violenta pelea publica a la mafia de Beijing. Una cosa curiosa de este filme, aparte de tener en el
protagónico a un comediante de carrera, es que gira en torno a la violencia pero no la muestra nunca: cada vez que hay un conflicto la narración se enfoca en otro sitio. De hecho este filme no gira en torno a la violencia en sí, como podría ser el caso en Outrage de Takeshi Kitano, sino en torno a las
consecuencias de la violencia: el héroe es famoso como
resultado de un acto violento que le costó su familia, el
hijo está en problemas como consecuencia de una pequeña
agresión (un asunto que sería trivial entre otros personajes) y el gran mal que el justiciero pretende resolver es producto de un atropello mayor facilitado por la estructura social
(sin querer adelantarle el argumento, corrupción y matonaje). La violencia aquí, por lo tanto, no es tan sólo la liberación de energía a la que estamos acostumbrados mediante las
masacres divertidas de los filmes de acción norteamericanos, sino la ruptura de un orden natural que garantiza una buena
vida: el respeto, la búsqueda del entendimiento, la
corrección de injusticias, la protección del otro. Quien
ejerce la violencia desata aquí una cadena de desgracias sin fin. En este sentido este es un filme conservador: los buenos valores, las conductas que pueden traer una buena vida, ya
han sido señalados hace tiempo y el problema está en que las nuevas generaciones no siguen las señales.
Sin embargo, lo más interesante de este filme, en cuanto a su naturaleza conservadora, no está en cómo esta se manifiesta
(alcanzando en ocasiones ribetes patrióticos) sino en las
notas discordantes. Aquí se muestran en varios momentos el
cómo la identidad sexual es vista tradicionalmente: la mujer en su lugar subordinado, sin voz y sólo con valor como objeto de uso (y el nulo valor de las prostitutas) y el deber
varonil de luchar. Verá, en la tradición el hombre debe hacer varias cosas para ser un varón: debe ser fuerte y ejercer la violencia, debe liderar y debe procrear. Todos estos deberes son asumidos por los personajes, aunque, en el caso de la
violencia, a regañadientes. Sin embargo, la problematización de estos temas es sólo tangencial y su crítica se pierde en
el argumento general, en especial lo que se refiere a la
identidad masculina.
Si miramos el argumento general, este es un filme sobre un
héroe vengador ¿Cómo se concilia entonces su visión crítica
de la violencia con la necesidad de ejercerla para efectuar
la venganza y corregir el mal? Primero mediante lo que le
contaba antes, quitándonos las escenas de agresión y con ello la posibilidad de disfrutar de dichas escenas (como hubiera
pasado en un filme de artes marciales), y segundo mediante el género dramático. Esta es una tragedia y lo es desde el
momento en que se acepta el deber de ejercer la agresión:
dicho de otra forma, el luchador por la justicia es alguien
que acepta la condena de ejercer su rol, alguien que
sacrifica su vida desde el momento en que acepta el llamado a la acción. Así no hay la posibilidad de regresar al mundo
normal, como en los filmes a los que nos hemos habituado,
donde o se vuelve al mundo previo a la acción o se vuelve a
un mundo mejor que el previo a la acción, pero siempre se
vuelve. Aquí no: la pérdida que significa el ejercicio de la violencia es ineludible. Hay en esto una raíz cultural, si se piensa que el budismo en China lleva más de mil años. En esta religión el que agrede se atrapa en las formas del mundo, que son apariencias pedestres y a la vez barreras en el camino de la iluminación; del mismo modo quien reconoce lo vano de las formas las puede trascender. Mr. Six elige condenarse para
salvar a los demás y, si presta atención a los antecedentes
biográficos que se presentan en los diálogos, no es primera
vez que lo hace. En el cine comercial norteamericano el que
ejerce la violencia se vuelve más que una persona común al
abrazar por completo su rol de género.
Tiene interpretaciones impecables, al igual que su
realización desde un punto de vista técnico. Quizá lo único
que desconcierte un poco es cierto efecto visual que se usa
para diferenciar el mundo juvenil (que acá son las carreras
de autos) del mundo adulto, que es el del resto del metraje. El efecto funciona bien, pero quizá se abusa de él, sobre
todo cuando permanece a pesar que ya no hay jóvenes en
pantalla.
¿Sabe algo, querido lector? Cuando empecé a ver este filme
creí que vería una obra violenta al estilo Get Carter o las Death Wish con Charles Bronson, sobre todo considerando la secuencia de créditos iniciales. Pero en su lugar hay una
historia sobre lo lejos que se está de la virtud, sobre el
peso de las decisiones y sobre la tristeza que da el tener
que renunciar a cosas importantes como la familia o el
futuro. Con poca paciencia podría encontrar aquí los
problemas que aquejan a los dramas en general, el ser
demasiado dramáticos, pero este filme se deja ver y
recompensa bastante. Es un buen filme.

Roberto Suarez Perez

Ayer vi La mujer del Animal

Este es último filme del cineasta, escritor y poeta Víctor
Gaviria, quien es conocido internacionalmente por, entre
otros títulos, La vendedora de rosas. Cuenta con la
actuación brillante de Natalia Polo y participó en la
competencia del 38 Festival Internacional del Nuevo Cine
Latinoamericano.
Cuenta la historia de Amparo, quien escapa del colegio de
monjas tras ser castigada duramente por una travesura. El
problema está en que se refugia en la casa de su hermana,
quien vive en la periferia de Medellín y demasiado cerca del matón local llamado El animal. Este la mira, la codicia y
la toma por la fuerza, iniciando así para Amparo una
pesadilla de años, donde nadie la puede ayudar por miedo.
Aquí, empezando, es cuando las palabras se vuelven engañosas, querido lector: este filme es un drama social, heredero
formalmente del Nuevo Cine Latinoamericano, que a su vez se
basa en el Neorrealismo. Pero ¿Sabe algo? Realmente este
filme es de horror: los sufrimientos de la protagonista son
mostrados con una sencillez y claridad insoportables por
momentos. Ver este filme es como ver un título de Lucio Fulci por primera vez: una experiencia traumática.
Lo que diferencia los filmes del italiano con el del
colombiano es que el último muestra un dominio técnico y
dramático muy superior que el primero, y que el filme del
colombiano tiene una narrativa materialista y responsable
socialmente. En otras palabras, aquí la maldad más absoluta
no es fruto de fantasmas, zombis y brujos, sino de personas
tan terrenales como usted o como yo, y ése precisamente es el problema. Aquí se describen varias situaciones: la fragilidad total de la situación de la mujer en una sociedad que no
cuestiona sus tradiciones, las reglas del machismo a nivel
social, las acciones de los bravos y violentos, cómo es vivir cuando se pierde todo. Todas estas situaciones están
ambientadas en Medellín, pero podrían haber pasado
perfectamente en cualquiera de nuestros países, incluyendo mi telúrico Chile. De hecho, esta historia suena como algo que
uno ha escuchado antes, pero no me malentienda aquí: suena
como las advertencias que los padres y abuelos le hacen a las muchachas que comienzan su adolescencia, como las historias
que se cuentan en los barrios populares sobre los guapos,
como las tragedias que uno ha leído en la prensa. En otras
palabras, a diferencia de los monstruos del cineasta
italiano, este filme es aterradoramente real.
Contra los monstruos se pueden usar encantamientos, formas
específicas de matarlos o de alejarse de ellos: si ve una
mansión vieja, oscura y mal cuidada durante una noche de
tormenta, no entre en ella. Pero contra el Animal de este
título ¿Qué se puede hacer? Un tipo de unos treinta años,
fuerte, tomador de aguardiente, incapaz de entender nada que no sea sus propios deseos, líder entre los suyos, un violador serial, capaz incluso del horror común de la pedofilia
incestuosa. Los gobiernos crean planes de educación (que
segregan), planes de seguridad (que legitiman el abuso
policial) y cárceles cada vez más grandes y apocalípticas,
los sacerdotes tratan de mantener el buen comportamiento de
la población mediante historias fantásticas que crean culpa, la gente se sacrifica trabajando para poder comprar casas más caras en barrios más caros, lejos del peligro y de su origen también, lo cual da lugar a una paradoja que parece más bien un juego de palabras: gente humilde que se pierde al tratar
de salvarse, ya que pierde su barrio, su identidad y su
historia al tratar de pertenecer a una clase social más
elevada que la suya, exorcizando la violencia al caer en la
anomia. Sin embargo, este tipo de violencia extrema no
desaparece porque es estructural, es cosa de ver qué pasa
cuando algo rompe el flujo de lo cotidiano: un terremoto,
demasiada lluvia, un embotellamiento, una infidelidad o un
viaje demasiado tarde hacia los guetos. El Animal no es tan
solo un problema en sí, como individuo, sino que es un
problema porque no es un solo individuo. Es violencia
estructural.
¿Estructural como la estructura de madera que sostiene las
casas pobres acá en La Habana? Precisamente: la estructura de madera sostiene la casa vieja a medio derrumbar, mientras se aplaza indefinidamente la visita de la brigada de
constructores y los muchos sacos de cemento y arena que hacen falta, constituyendo así el paisaje tan recurrente en las
fotografías del turista en Cuba. La delincuencia funciona
como ley cuando la nación o el Estado no cumplen su función, el machismo funciona como regla cuando no se ha enseñado lo
suficiente que todos los humanos valemos lo mismo por ser
precisamente humanos, la agresión funciona como forma de
relación cuando no existe realmente una relación, entendida
como intercambio. Cuando la sociedad no cumple su función
protectora y fértil, la violencia ocupa su lugar. Esto es
cierto en Medellín, lugar de los desayunos legendarios, en la bella y rica Colombia, herida por una guerra increíble e
interminable, y es cierto en el resto de nuestra
Latinoamérica. Verá, querido lector, vivimos en un continente con un potencial fabuloso y una realidad apocalíptica. Esto
es cierto incluso en los países que se ven bien de lejos,
como mi Chile. Quite los tiros de pistola si quiere o la
fantástica jerga popular colombiana, póngale una casa mejor
construida incluso: el Animal está en todas partes.
El filme de Gaviria es impecable tanto técnicamente como en
el desempeño de sus intérpretes, que es ni más ni menos lo
que usted se merece como espectador, querido lector: un
resultado de primer nivel. Su historia funciona muy bien en
cuanto a ritmo y en su desarrollo, sin perder de vista ni el ancla firme en la realidad ni la coherencia. Es realmente un filme de horror ya que es eso lo que produce en sus
espectadores, siendo los momentos de calma sólo la
preparación para una nueva brutalidad, una nueva prueba
insoportable, obra del monstruo. Un filme que cuesta soportar pero que no se puede dejar de ver.
Un filme que lo deja a uno parafraseando a Almafuerte ¿Cómo
es esto posible de ser?

Roberto Suarez Perez