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Ayer vi The Funhouse Massacre

Este es un filme de terror del año 2016, dirigido por Andy
Palmer y escrito por Ben Begley, y que cuenta con las
actuaciones de, entre otros, Robert Englund.
La historia comienza cuando una periodista ingresa a una
cárcel secreta para criminales dementes, seduciendo al
director para lograr acceso. Pero la periodista no es sino la hija de uno de los internos y, mediante un par de asesinatos crueles, logra liberar a todos los psicópatas, quienes se
escapan hacia un parque de diversiones que tiene una Casa de Terror basada en sus crímenes. A la vez, un grupo de jóvenes disfrazados, donde la pareja protagónica es un par de nerds, va a pasar la noche en este lugar ¿Por qué? Porque es la
noche de Halloween. Y los visitantes no saben que lo que van a ver es real y no una puesta en escena.
En términos formales no es precisamente un filme de sustos
propiamente tal, sino una comedia de aventuras con una fuerte carga iconoclasta: referencias hay sobre todo, desde el
doctor Who, Machete, Killer Clowns from Outer Space, Harley
Quinn, aquel video grunge de la abejita, la película del
dentista de Brian Yuzna, Atari. Ya sabe a lo que me refiero: lo que hoy llamamos geek.
Esto es un fenómeno común en estos días: la balcanización
de la cultura. En esta época se puede encontrar obras
dirigidas a los fans del baile, de los viajes, de las selfis, de los juegos de mesa, etc. Se podría argumentar que es
producto de la globalización de la cultura, donde las
peculiaridades locales ceden paso a la cultura dominante, de internet, de un proceso de democratización de las identidades donde cada vez hay más oportunidad para la expresión de lo
minoritario y lo bizarro. Usted escoja. Para mí es el
capitalismo: el cine es un arte industrial que está forzado a generar ganancias económicas, por lo que cada nicho potencial será explorado tarde o temprano.
Está bien hecho técnicamente: buena fotografía, buen sonido, actuaciones competentes, un diseño de producción efectivo. No sería justo descartar este filme comparándolo con obras
mayores en complejidad y alcance, precisamente porque este
filme no pretende ser complejo ni trata sobre grandes temas. Quiere entretener y por momentos lo logra, en especial en su segunda mitad: sus diálogos pretenden ser ingeniosos y a
veces lo son, tiene el topless obligatorio, un poco de gore
efectivo gracias al legendario Robert Kurtzman (de la antigua KNB), consumo de marihuana y chistes políticos y sexuales.
Sería un artículo central más que digno en la revista
Fangoria: no es un filme genial, pero está bastante bien. De hecho, está bastante mejor que alguno de los filmes
ochenteros a los que hace referencia. Un filme de fans para
fans.
Es el tipo de filme que se disfrutaría mejor con amigos,
algún psicoactivo y un control remoto para revisar en detalle alguna escena impactante y adelantar algún tiempo muerto.

Roberto Suarez Perez


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Acerca de Roberto Suarez

Vivo en La Habana actualmente

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