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Ayer vi Non Castus

Este es un cortometraje chileno que formó parte de la
competencia en su categoría en el 38 Festival Internacional
de Cine de La Habana. Su directora es la joven Andrea
Castillo Cuéllar, quien presentó este corto personalmente en el Cine Chaplin, en la capital cubana.
Cuenta la historia de una madre y su hijo, quienes viven en
un cuarto y comparten la intimidad de los que están muy
cerca. A través de detalles mínimos se puede ver como la
relación entre ambos se transforma bajo el peso de la soledad y la necesidad de afecto.
Este corto es técnicamente impecable, tanto en su fotografía como en sonido, puesta en escena e interpretaciones. Esto es algo que se da por hecho, pero que, debido a la naturaleza
del formato (los cortos son frecuentemente área de ensayo y
error para directores nóveles) no siempre es así. El corto
está bien hecho y si el espectador tiene alguna dificultad a la hora de apreciarlo se puede deber más a las opciones
estéticas de su directora que a la calidad de la realización. Y la forma de narrar es aquí importante. Este corto entra
dentro de lo que podríamos llamar la poética chilena
contemporánea, dentro de la cual entra la música, el cine y otras corrientes artísticas: una sensibilidad que enfatiza lo minimalista, lo emocional y la intimidad. En festivales
pasados se han podido ver los filmes de Matías Bize, un autor chileno que basa estéticamente sus filmes en primeros planos con abundante bokeh (los fondos desenfocados), pocos diálogos y mucho espacio para suponer lo que está pasando dentro de
los personajes. Uno de los músicos de crecimiento más
meteórico en el país austral es Gepe, quien pasó desde los
conciertos universitarios (con abundante psicodelia y noise) hasta el Festival de la Canción de Viña del Mar, con
canciones de influencia folklórica que hablan sobre lo
íntimo. Y esos son sólo dos ejemplos.
Esta opción se revela en este corto mediante el uso de
pequeñas acciones y fragmentos de diálogo que, más que
mostrar, sugieren. También mediante el estilo visual, donde
la acción es fragmentada en detalles: espaldas, miradas,
planos que parecen robados clandestinamente, vistos de reojo. Pareciera ser que el espectador asiste, más que a los hitos
de la historia, a los tiempos intermedios. De este modo la
sensación que queda en su servidor es la de haber convivido
con los personajes del modo en que se convive con un familiar cercano o una pareja.
Y ese es el quid del asunto: esta es una historia acerca de
cómo la intimidad, la soledad y la necesidad de amor se
entremezclan. En un tema que fácilmente podría ser tratado de modo sensacionalista, con detalles escabrosos y el retrato de los involucrados como personas malvadas. Más que mal, y se lo digo sin querer contarle el final, este corto se trata sobre un tabú universal. Sin embargo, su directora opta por este
modo de contar, humano, íntimo y empático, y así logra algo
que es muy difícil: lograr que el espectador comprenda un
acto horrible.

Roberto Suarez Perez


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Acerca de Roberto Suarez

Vivo en La Habana actualmente

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