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Ayer vi “Leontina”

Este es un filme cubano recién estrenado en las salas de la isla, dirigido por Rudy Mora y con las interpretaciones de Corina Mestre, Fernando Hechavarría, Blanca Rosa Blanco, Jorge Alí y un amplio elenco de nombres notables, incluyendo rockeros. Es un filme fantástico, aunque esta etiqueta no aclara mucho lo que verá en pantalla. Para ser más preciso, imagínese una historia surrealista al estilo del maestro Jodorowski (sólo hay un Jodorowski porque no hemos sido lo suficientemente buenos) donde todas las metáforas son políticas.

Los protagonistas son un grupo de niños que participan en un concurso de pintura en una locación remota: compiten con otros equipos de niños provenientes de varios países y el concurso está amañado. La jueza ha sido secuestrada y una mujer grande y hosca la reemplaza como parte de un complot que más tarde se irá aclarando. Los niños pierden un frasco de pintura por obra de la impostora y deciden viajar a un pueblo cercano a comprar más, pero el pueblo es un sitio oscuro e infeliz, en el cual los héroes deberán cumplir diversas tareas para poder regresar, y de paso salvar a todos los habitantes.

Releyendo lo que acabo de escribir veo que esta historia parece una de aventuras, pero nada más alejado: este filme parece en su totalidad una secuencia onírica a la que sólo le falta el enano para estar completa. La frase anterior puede parecer peyorativa pero es real, no hay ninguna actividad humana aquí que no haya sido transformada: los personajes caminan metafóricamente, hablan metafóricamente e incluso comen metafóricamente. No son, en este sentido, gente común arrastrada a un mundo extraño al estilo de la novela de Lewis Carroll: aquí nunca hay un mundo con las reglas de nuestro mundo desde donde anclarse antes de cruzar el espejo.

Técnicamente el filme cuenta con interpretaciones eficientes, aunque debido a esta peculiar forma de plantear un mundo trasformado completamente no hay una forma razonablemente precisa de ver qué tan verosímiles son ¿Es la sobre actuación, o su contrario, parte de la metáfora? Cuenta también con un sorprendente buen trabajo de sonido, donde predominan los largos silencios y los ambientes tenebrosos y alienados. Su ambientación es adecuada a la historia que cuenta y la mayoría de los efectos digitales están destinados al apoyo de ésta y pasan generalmente desapercibidos, lo cual es bueno. El ritmo es agónico, le advierto. La fotografía es probablemente su punto más débil: planos fuera de foco, tomas nocturnas granulosas y mal expuestas, defectos de imagen como el “jellocam” (un temblor similar a gelatina) sin corregir, y un look de imagen que sobrepasa la capacidad de su soporte, “reventando” pixeles a mansalva. Es evidente también el uso de diferentes tipos de cámaras, en especial las populares “cámaras de acción” como la GoPro o la fantástica Yi: eso en sí no es malo, lo malo es no disimular la diferencia que termina distrayendo. En resumen, es un filme feo visualmente, osado en sus pretensiones estéticas y descuidado en su ejecución, lo cual es grave. Más sobre ésto al final.
Ahora, sobre la historia que cuenta… Para empezar es necesario declarar aquí una perogrullada: Rudy Mora es un artista con una voz particular. En este sentido a la hora de criticar su obra el foco debería estar en qué tan bien ejecutó su propósito en lugar de denostar su forma de contar o lo que quiere contar: caer en esta tentación sería censurar y ése, querido lector, déjeme decirle, es el peor de los pecados.

Volviendo a la historia, la narración fantástica no tiene un punto de “realidad normal” a partir del cual viajar, un Hobbitón o un “fuera-del-closet”. Hay un comienzo, eso sí: los niños llegan a un campamento donde tienen un concurso de pintura colectiva. Allí los colores son normales, no grises como más adelante, y las cosas funcionan más o menos como se espera. Pero si miramos con atención dicha normalidad se cae ¿Donde se realiza este concurso? ¿Por qué los niños participantes son de diferentes países? ¿Cuál es el premio y las reglas? Y sobretodo ¿Cómo funciona el reloj de los jueces? Este tipo de comienzo hace que esta historia no sea ya una de “hacia lo desconocido” sino una sobre las reglas del mundo. Mejor déjeme ponerlo de esta forma: no es un “Alicia en el País de las Maravillas” sino un “Viajes de Gulliver”, una historia sobre política en lugar de un viaje fantástico.

Lo del tema político se puede entender de dos formas: literal y alegórico. Literalmente es sobre la organización del pueblo al que llegan los niños buscando pintura y dulces gratis, alegóricamente es sobre el pasado y presente de Cuba (incluso su futuro, según la última imagen inquietante).

A nivel literal tenemos un pueblo donde los dulces son gratis y se reparten a todo el mundo, pero manejado con mano de hierro por dos hermanas hoscas y crueles que se turnan en el poder y que gobiernan gracias a un consejo de notables (los dueños de comercio, porteros del pueblo, encargados de transporte, etc). Este consejo está dominado por el miedo a la gobernante y con esta debate sobre cómo incrementar la disciplina del pueblo y aplicar castigos a quienes no vivan tristemente y sumidos en el deber asignado. La gente del pueblo, con tanto deber encima, se comportan robóticamente, no saben como sonreír, y pasan sus días ejecutando tareas repetitivas que parecen trabajos productivos, pero en realidad son sólo ciclos absurdos sin resultados. El pueblo en sí es un cruce entre una aldea de western y una pesadilla industrial. La risa y la alegría de alguna forma han sido condensadas en líquidos de colores que están encerrados en botellas, y dichas botellas están curiosamente al cuidado del único renegado del pueblo: el panadero que reparte dulces gratis. Los niños se oponen de forma automática a esta vida gris llena de deberes.

A nivel alegórico es sobre cómo se vive en Cuba bajo el gobierno socialista de los hermanos Castro, y según el filme la respuesta es breve y en mayúsculas: MAL. Las metáforas están dispuestas de tal modo que es posible encontrar correspondencia directa entre cada una y un aspecto de la vida en la isla: la doble moral, el asfixiante sentido del deber, la falta de productividad, el futuro incierto. Por supuesto, el gobierno revolucionario cubano es un tópico tremendamente polémico, con opiniones muy contrapuestas: el paraíso en la tierra para algunos, el infierno para otros. Aquí Rudy Mora toma posición y argumenta: un gobierno que no da lugar a la alegría es absurdo, nos dice, y ambos hermanos Castro (Fidel y Raúl) si mantienen esta mala situación son intercambiables y serán dejados de lado cuando “los renegados liberen la alegría”. Usted puede o no estar de acuerdo con estas opiniones, pero le pido que considere ésto: hace pocos años atrás hubiera sido imposible estrenar un filme como este en Cuba. Vea lo que pasó con “Alicia en el Pueblo de las Maravillas”, que en esencia es un film igual que éste (hasta en el uso de máquinas de humo): prohibido durante años, vetado en las salas cubanas y en la televisión, por lo mismo transformado en una leyenda difícil de entender para un observador externo.

Y por último está el “elefante en la habitación”: la calidad de las metáforas. Hablar de calidad en algo así es muy discutible, “para gustos, colores” dice el dicho, pero a su servidor todo esto, la poética en “Leontina”, le recordaba insistentemente cierto cantautor guatemalteco de gran fama, éxito y abundantes detractores: hay una sensibilidad similar entre ambos, un nivel equivalente de refinación en la elaboración de su obra y deja una sensación similar. No la sensación de ser seductoramente persuadido, sino la de ser forzado, lo cual es paradójico si considera el lugar político que este filme político ocupa en la política general en Cuba (también puedo ser machacón): la del auténtico disidente, lejano a la definición peyorativa que usa el gobierno cubano (“mercenario-pagado-por-el-imperio”), la del interlocutor necesario que revela lo que el otro no quiere o no alcanza a ver.

En fin, una de cal y otra de arena: ocupar el lugar del Otro con mayúscula, cosa siempre útil y destacable, y hacerlo torpemente, sin sutilezas y con descuido. Como decía un maestro cubano hace años: Arte es voluntad expresiva más dominio técnico. Rudy Mora demuestra mucho de lo primero, pero poco de lo segundo, lo cual conspira contra sus intenciones. Y eso pone a su servidor triste, lo digo sin sarcasmo.

O sea ¿Cómo puede Rudy Mora ocupar el lugar que quiere ocupar si hace tan fácil que se le pase por alto?

Roberto Suarez Perez

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Acerca de Roberto Suarez

Vivo en La Habana actualmente

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