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Ayer vi “Bailando con Margot”

Este filme se estrenó hace poco en el circuito de las salas cubanas, aunque participó hace dos meses en el Festival de cine habanero. Es la ópera prima de Arturo Santana, quien ha tenido éxito y reconocimiento como director de videoclips, y se presenta formalmente como cine negro. En la tierra del Nuevo Cine Latinoamericano hacer cine de género es una movida audaz: más que mal, el prejuicio ha dividido desde hace mucho a los filmes entre los “de autor”, los que el prejuicio defiende, y los comerciales, que el prejuicio condena y donde se encuentran los de género. Como todo prejuicio, es una simplificación grotesca que no se ajusta a la realidad.Cuenta la historia del detective Rafa, quien tiene una novia bonita y un jefe gordo, al que le es asignado la investigación de un robo de un cuadro desde una mansión habanera: “La niña de las cañas”, de Leopoldo Romañach. La investigación comienza el último día del año 58, justo antes del triunfo de la revolución cubana. A partir de esta investigación surge una historia que parte en los años veinte y recorre dos países y varios mundos: el boxeo profesional, la mafia y los prostíbulos de entonces, mitad refugio, mitad centro cultural.
Acerca de este filme, querido lector, le tengo una noticia buena y una noticia mala. Vamos con la buena primero.
Este filme se ve muy bien, tanto que parece una gran producción. Podría estar sin problemas junto a cualquier realización norteamericana, que es el estándar de calidad que tenemos. Parte de este éxito podría deberse a la democratización de los medios de realización: hoy los equipos de filmación y de post producción son cada vez más baratos y fáciles de conseguir, existiendo incluso buenos filmes grabados con celulares. Un filme con esta abundancia de escenarios compuestos, barcos y paisajes urbanos que no estaban ahí, sería impensable hace unos quince años, o si pensamos en nuestra realidad latinoamericana diez o cinco años incluso. Pero las herramientas no explican el resultado, más que mal todos hemos tomado un pincel y sólo hay un Modigliani: hace falta talento para aprovechar a cabalidad estas herramientas y el talento visual de Santana es innegable. La iluminación de claroscuros, su composición de plano eficiente, su paleta de colores suaves y su acertado uso de efectos visuales son probablemente el mayor mérito del filme y su aspecto más atractivo. Su reconstrucción de época está muy bien lograda también, con pequeños problemas anacrónicos que sólo el más despierto descubrirá. De cierta forma, este filme se puede ver como una demostración de capacidad: sí puede escenificar visualmente un noir, sí puede saltar entre distintas épocas, sí puede también usar claves de múltiples géneros cinematográficos. Donde se queda corto es en su historia, y ésa es la mala noticia.
Siempre he creído que los filmes son narrativos, incluso cuando no lo son. Existe la tradición norteamericana, donde siempre hay protagonista, antagonista, arco de transformación (como crece el héroe), tema y desarrollo; pero también existe otra forma: filmes que son más sobre emoción que sobre desarrollo lógico, donde los personajes mutan, se funden o separan. Filmes desconcertantes (“Persona”, por ejemplo), pero que finalmente son narraciones: las emociones se suceden unas tras otras en una dirección, de modo que el final es diferente al principio, aunque no cumpla ninguna de las reglas que se enseñan en las escuelas de guión. En resumen, la narración es fundamental. Sólo que en este filme no es muy buena.
Santana eligió un modo difícil para hacer su debut: el noir existe desde hace mucho, tiene grandes obras y sus características han sido definidas, examinadas y estudiadas una y otra vez. En otras palabras, hay una cierta forma de hacer policial, en especial lo noir (Hammett y sus historias de patanes astutos), y ciertos alcances: una intriga compleja que esconda la solución al misterio y/o el retrato social, en especial de lo que hay oculto en ella. El problema es que Santana parece elegir la segunda opción: la intriga policial está resuelta de forma esquemática y liviana, más parecida a una escena humorística televisiva que a otra cosa. Sin embargo, el retrato social propiamente tal no es muy acabado que digamos: se ven las aventuras del buscavidas marido de Margot, las aventuras del boxeador amigo de éste y a través de ellos se puede ver algo, visualmente hablando, del mundo que los rodea, pero sobre el funcionamiento o estructura de dicho mundo, nada. Lo noir del relato es más una elección de escenario que una de historia, y se nota. Todo parte con el llamado al detective, quien va a la mansión del robo y a partir de allí hay varios flashbacks sobre la historia de Margot y sobretodo de su marido. Al final, mirando en retrospectiva, se ve que no había necesidad de dichos flashbacks: la historia se resuelve independiente de ellos. Tampoco había necesidad de situar la acción en una fecha tan importante, justo antes que Cuba se inscribiera en la historia política mundial, ni necesidad de nada más. De hecho, es tal el desastre narrativo de este filme que en su tercer tercio tiene un momento propio de las series de televisión agotadas: “Bailando con Margot” “salta el tiburón”. Esta frase describe lo que le pasó a la serie norteamericana “Años Felices” que, al extenderse y agotar todas sus posibilidades narrativas, llevó a sus personajes a la playa y a su protagonista a practicar sky acuático sobre un tiburón. Fue tan absurda esta solución que se volvió sinónimo de agotamiento y de soltar toda pretensión de coherencia para seguir adelante. Se dará cuenta de inmediato cuando este filme “salta el tiburón”, ni siquiera hace falta que le diga que busque al payaso.
Más allá de la maestría visual, este filme parece inscribirse en una de las dos grandes tradiciones del cine cubano: la comedia liviana al estilo “Paraíso bajo las estrellas”. Tiene, al igual que aquel filme, desnudos, mujeres muy bonitas, chistes que no funcionan, chistes involuntarios, la perspectiva de quedarse o “irse al norte” como permanente elección, y un disparate. Parece inscribirse en esta tradición a sabiendas, incluso a pesar de sus cortedades. La tristeza que da es la otra tradición del cine cubano, la que no se eligió: el análisis sin compromisos de la realidad. Como noir, pudo hacerlo brillantemente.

Roberto Suárez Pérez

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Acerca de Roberto Suarez

Vivo en La Habana actualmente

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