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Ayer vi “Dawn of the planet of the apes”

Este filme se enmarca dentro de una corriente general del cine americano de los últimos tiempos: el remake-secuela-expansión, o el conservadurismo despiadado. Pero éstas son demasiadas opiniones para el comienzo, así que déjeme dibujarle el argumento:
El simio Cesar, el del “Planeta de los simios” de hace pocos años, es el líder de una manada grande, que se ha desarrollado hasta ser un pueblo propiamente tal: con dinámicas productivas, jerarquías, división del trabajo y código moral. Durante una cacería los simios encuentran un grupo pequeño de humanos exploradores, humanos que creían extinguidos hace años. Frente a la disyuntiva sobre qué hacer con estos pocos representantes de una especie tan peligrosa, Cesar opta por la paz, pero debe pagar su precio. Desde ahora debe conciliar las necesidades de estos humanos sobrevivientes con la desconfianza y división de su tribu, lo cual puede, y lo hará, terminar con demasiados muertos.
Este filme cuenta con un trabajo extraordinario de animación y captura de movimiento, pero ésto usted ya lo sabe: fue de lo que casi toda la prensa habló durante su estreno. En términos técnicos y de performance es impecable, lo que es esperable en grandes producciones. Lo interesante aquí es como explora y desarrolla algunas de las posibilidades que plantea la premisa de la historia: la sustitución de la humanidad como especie dominante.
En el filme se trata la convivencia y desconfianza entre rivales, el cómo es fácil asumir al otro como dotado de una naturaleza completamente diferente a uno mismo. A pesar que el filme se sitúa diez años después de su Apocalipsis, los humanos aún asumen que los simios son meros animales, autómatas del instinto; por su parte, los simios asumen que los humanos son sólo criaturas malvadas, con talento para la destrucción y la tortura. Como puede ver, ambos hacen una caricatura del otro en base a lo que se ve de lejos: no en base al conocimiento, sino al prejuicio y la incomodidad que produce lo diferente. El viaje metafórico que emprende Cesar, su protagonista, a lo largo del filme se trata de ésto: ver al otro, soportar su incomodidad (la posibilidad que el otro me “mueva el piso”), conocerlo y reconocer en él lo semejante. Como puede ver, querido lector, este chimpancé camina una ruta que hoy entre nosotros no es muy transitada. Es cosa de ver qué lugar ocupa en nuestras sociedades el negro, el indio, el andino, el extranjero, la mujer, el homosexual, y la minoría que usted elija. Parece ser algo propio de las personas el desconfiar y reducir al otro a una diferencia radical, incluso las “personas no humanas” como las de este filme. Para Cesar hizo falta un humano casi de cartón en su bondad: un humano que se viste invariablemente de blanco en las situaciones críticas.
Y aquí hay un punto flaco: los personajes secundarios. El malo, el chimpancé Koba tiene un pasado trágico (años de tortura en laboratorios científicos, ojo) y una maldad pura. El humano bueno tiene una tragedia en su pasado y una familia en su presente, además de una actitud invariablemente correcta frente a los desafíos. El personaje que representa el gran Gary Oldman es tan esquemático que podría llamarse “el equivocado”, y el resto de los humanos cae en simplificaciones aún más extremas, fíjese en el humano que da el primer tiro de la historia: incluso se define a sí mismo, y tiene razón. Con los simios no hay mejor suerte: el hijo mayor de Cesar es “el adolescente” (de opiniones cambiantes, mucha emoción y en aprendizaje), la esposa de Cesar es “la esposa” y el simio erudito es “el erudito”. Cuando llega el momento, todos estos personajes simplificados actúan según se espera de ellos: Oldman se equivoca, el adolescente aprende, el erudito se comporta con bondad (la cultura vuelve buenas a las personas, parecen creer los realizadores), y los malos hacen cosas malas. Quien tiene un proyecto, quien duda, crece y supera las barreras que tiene frente a sí es Cesar, el único personaje completo e interesante de la historia.
Si miramos debajo del agua podríamos ver un problema político en esta historia: Cesar es un tío Tom peludo. A lo largo de la historia sus mejores acciones, las que se nos muestran como más acertadas y heroicas incluso, son contrarias a los intereses inmediatos de su propia especie y favorecen a los humanos blancos norteamericanos. Incluso, sabiendo como sabemos el final de toda esta historia (los simios dominan el planeta), la victoria final parece estar más del lado humano que animal. A pesar de situar la narración desde los zapatos de un no humano, la moraleja, los resultados y las reglas siguen siendo humanas. De cierta forma esto refuta la mayor novedad de este filme, que es mirar desde la vereda del frente.
Una última dificultad con este filme tiene que ver con una regla no escrita del cine norteamericano sobre los finales: no importa el tipo de conflicto o su dificultad, todo se puede solucionar con una buena pelea a puñetazos.
Por último, déjeme explicarle la primera frase: se hacen tantas secuelas-remakes-expansiones de filmes previos porque son una apuesta relativamente segura en términos económicos. Gente como su servidor, que recuerda con cariño la buena y sorprendente experiencia del filme original, es más probable que gaste su dinero en un título como este que en una idea completamente original. Si considera la enorme dificultad que enfrentan los cineastas noveles para llevar a cabo sus obras, ésto es una tragedia.

Roberto Suarez Perez
robertosuarezperez@me.com

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Acerca de Roberto Suarez

Vivo en La Habana actualmente

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