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Ayer vi “Lucy”

Es especial Luc Besson. Hace muchos años vi “Azul Profundo” en el cine Normandie (una sala bellísima), en Chile: me impactó tanto su vuelo poético como me desconcertó el intermedio cómico que representaba el personaje de Jean Reno. El tráiler de este filme anunciaba a la bella Scarlett Johannson, drogas y súper poderes. La cosa podía salir muy bien o muy mal.
El filme cuenta la historia de Lucy, una mujer normal con malas amistades, que vive en Corea del Sur. Su nuevo novio está en negocios turbios y tras varias complicaciones y algunas muertes, ella termina con un kilo de drogas implantado quirúrgicamente en su estómago, en una operación de tráfico internacional. La operación se complica, un matón la golpea, y la bolsa se rompe. Pero la droga no es de las comunes: es un tipo de potenciador cerebral extremadamente potente, y Lucy sobrevive a la sobredosis, convirtiéndose en una superdotada cada vez más extraordinaria.
El filme tiene varios elementos atractivos: su protagonista (por supuesto), las drogas que expanden la conciencia, luchas a tiros, poderes telekinéticos. De cierta forma semeja a un cómic, con sus grandes secuencias de acción, su estética ácida cuando a Lucy se le “abren las puertas de la percepción”, y sus personajes, que existen más que para ser comprendidos, para ser admirados. Incluso incluye al mismísimo “Old Boy”, aquí haciendo de un malo muy malo y muy cruel. Al igual que los antiguos folletines o las modernas telenovelas, sus personajes y situaciones no existen para reflejar la realidad, sino para establecer conflictos y roles acentuados hasta el infinito. Es, al igual que en dichos antecedentes, diversión sin complicaciones.
Y aquí comienzan los muchos problemas que tengo con este filme. Los personajes no tienen sentido: la protagonista pasa de ser alguien que fumó demasiado cannabis a una versión parlante de la novia de Frankenstein, el policía bueno no es mucho más que estas dos palabras y una nariz aguileña, el malo no es más que un malo que se ensucia con sangre demasiadas veces, el sabio no es más que alguien que dice cosas que suenan como de sabio, y así en adelante. Una cosa es que en los melodramas se usen estereotipos para caracterizar personajes, pero aquí más que clichés hay marcadores de lugar: súper mujer está en la silla moviendo cosas con su mente, sabio habla “sabihondeces” frente a ella, policía bueno está en el pasillo fuera de la habitación empuñando su pistola, malo está en el mismo pasillo empuñando una bazuca. Figurines de cartón, clavados en una maqueta.
Otro problema es la lógica de la historia: Si Lucy se ha vuelto tan inteligente que controla la materia ¿Por qué no hace desaparecer las pistolas de los malos o las funde como Klataau? Por otra parte, si la droga milagrosa es tan buena ¿Por qué Lucy no la sintetiza en su propio torrente sanguíneo o su estómago? Si la droga es tan nueva que nadie la conoce ¿Por qué es necesario moverla clandestinamente? Hablando de drogas, si es tan complicado mover internacionalmente la droga ¿Por qué no venderla localmente, como pasa con la pasta base?
Un tercer problema, y el más grande, es el siguiente: este filme se basa en que supuestamente el humano usa sólo el 10 por ciento de su cerebro (y gracias a las drogas Lucy, me acordé de los Beatles, usa eventualmente el 100 por ciento), y toda esa historia sobre el 10 por ciento es falsa. Si rastrea su origen verá que nació como un embuste suplementario al gran embuste del espiritismo durante el siglo XIX. Si analiza la frase del 10 por ciento verá que no tiene sentido ¿Cómo hacían los doctores que practicaban lobotomías para cortar sólo el 10 por ciento? ¿Por qué se muere la gente que sufre lesiones cerebrales si hay un 90 por ciento de cerebro inútil? Este origen fraudulento debilita todo el filme, en especial el contador periódico que aparece mostrando el alza de nivel de la protagonista. El “10 por ciento cerebral” es un ejemplo de lo que Dawkins llamaba memes, que no son las fotos de dudosa gracia que se comparten por facebook: ideas que se vuelven autónomas y subsisten independientemente de su sustento argumental, defensores o contexto. Le pido considere como infame ejemplo al “jugo de limón que cura el cáncer”, y verá a qué me refiero.
Sin embargo, querido lector, déjeme ser sincero: conociendo la filmografía de Besson, éstas son críticas fáciles. Toda su obra es irregular y un poco infantil, incluso “León, el profesional”, que es su mejor filme. Si me permite usted una generalización brutal y poco certera, como todas las generalizaciones, le podría decir que el cine de pura entretención, abundante en explosiones, personajes unidimensionales, tiroteos y parco en toda expresión sexual, es cine “a la estadounidense”. Por supuesto, hay grandes filmes norteamericanos que desmienten esta etiqueta (“Juventud sin juventud” tiene varios puntos temáticos en común con “Lucy”, pero con un enfoque totalmente opuesto), pero le pido que piense en estos filmes recientes donde atacan a la Casa Blanca, y luego me comprenderá. Me parece que hay una corriente en la filmografía francesa, liderada por Besson, que trata de hacer filmes “a la estadounidense” más entretenidos y ruidosos que los mismos filmes estadounidenses. Ahí está la “Taxi” original, “Los ríos color purpura”, aquellos filmes de parkour policial (?) y tantos otros. La incoherencia y superficialidad de “Lucy” parecen entonces ser más una elección que un defecto involuntario. Sin embargo creo que es posible un cine de entretención mejor: ahí está la obra de George Miller para probarlo. El propósito de una obra no debería determinar su calidad.
En último caso, algo que se agradece en este filme es una idea que pasa como contrabando hacia el gran público (y el contrabando es una excelente tradición en el cine de entretención): la idea que las drogas no sólo sirven para destruir a las personas, como sostiene casi toda la prensa y la academia, sino para expandir la conciencia y convertir a sus usuarios (los psiconautas), parafraseando a la Le Guin, en “realistas de una realidad más grande”.

Roberto Suarez Perez

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Acerca de Roberto Suarez

Vivo en La Habana actualmente

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