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Ayer vi “Death Race 2000”

Y es bien curioso este filme. Si usted, querido lector, ha tenido la mala suerte de tropezar con el remake, protagonizado por Jason Statham, olvidelo. Ponga aquel remake en el mismo estante donde está la trilogía de “Transformers” y luego queme todo, incluyendo su montaje veloz. Lo que en el último es mediocridad deprimente, en el primero, el original, es pura gloria bizarra. Se la recomiendo especialmente a los amantes del dub, si entiende lo que quiero decir.

Cuenta la historia de Frankenstayn, el corredor favorito de todos en la carrera favorita de todos: la carrera de la muerte. Además de ganar siempre, Frankenstayn es famoso por sobrevivir a múltiples accidentes que lo han mutilado hasta más allá de lo humanamente posible: en tal accidente perdió una pierna, en tal otro su brazo y en el siguiente gran parte de su cráneo; todo reemplazado por prótesis. Así, este corredor es a la vez símbolo del espíritu de superación personal y de la maravilla técnica, junto con despertar el deseo morboso de todas las mujeres. Su rival es nuestro hermano favorito de Frank Stallone: Silvester, representando a una caricatura de un mafioso perdedor y envidioso. Hay otros corredores también, igualmente exagerados: una neonazi furiosa, una faraona egipcia y una devorahombres. La carrera, como todas las carreras, se trata de quién llega primero a la meta, pero también es sobre quién llega con mayor puntaje acumulado. Y la forma de acumular puntos es lo que ha hecho célebre a este filme: hay que atropellar y matar a peatones.

Éste es un filme de muy bajo presupuesto (es de Corman, después de todo), lo que se nota sobretodo en los carros. Para ser una carrera de atención nacional, equivalente al circo romano, los automóviles se ven bastante pobres. En cuanto a look, los vehículos parecen aquellos de “los autos locos” (¿Se acuerda del perro patán?), pero salidos de la misma fábrica en que hacen los juguetes infantiles estáticos, ésos donde se suben los niños y por una moneda se mecen y escuchan una tonadita en 8 bits. Baratos, en resumen. Campy.

Las actuaciones están a tono: cada personaje parece impreso en dos tonos: feliz cuando gana y triste cuando pierde, sin matices. El argumento no es muy complejo tampoco y resulta fácil de adivinar, pero no es el punto. El punto, en mi opinión, es lo escandalosamente amoral del relato. No se trata tan sólo del sistema de puntaje ni de la dictadura capitalista totalitaria que se sostiene mediante la carrera, sino de la lógica de la historia: el chiste final relativiza el marco moral general, convirtiendo el conflicto entre buenos y malos en un simple reemplazo de dirigentes y no en un cambio de paradigma. Aquí hay gente desechabe y gente importante, y el límite entre ambas es su utilidad mediática.

Así, el filme se mueve más como una farsa carnavalesca, que al igual que otras farsas funciona con una base moral conservadora inamovible e indiscutida a pesar de su apariencia rupturista. Más extraordinario sería subvertir ese orden moral.

Lo que no puedo dejar de contarle, querido lector, es que después de este filme me resulta mucho más simpático Sly.

Roberto Suarez Perez

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Acerca de Roberto Suarez

Vivo en La Habana actualmente

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