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Ayer vi “El incidente de Ox Bow”

Y es un filme de una potencia tremenda y es bastante simple también. Se trata de responder la pregunta ¿Cómo funciona un linchamiento?

La historia comienza cuando dos jinetes, vagando sin rumbo definido, llegan al bar del pueblo. Allí se toman unos tragos, el protagonista se mete en una pelea, y ninguno cae demasiado simpático. La cosa se pone peligrosa cuando llega la noticia que a Larry Kinkaid, buen cristiano y conocido por todos, lo mataron para robarle ganado. Rápidamente se reúne la gente del pueblo y sólo tienen dos cosas claras: no saben quien mató al ganadero y no van a esperar por el sheriff para hacer justicia. En el bosque encuentran durmiendo a tres hombres: un hombre joven, un viejo y un mexicano. Ninguno de ellos admite el crimen y ninguno de ellos parece demasiado culpable o demasiado inocente. Pero es la hora de la horca para la gente del pueblo.
El filme se mueve así, como una flecha. Los datos externos a la trama principal aparecen apenas y no son muy importantes. El protagonista GIll Carter busca en el pueblo a una ex novia, a quien encuentra después casada con un hombre rico, pero eso da lo mismo: es un episodio que aparece y se va. Gill, interpretado por Henry Fonda encerrado en el estereotipo del hombre moral que le dejó la extraordinaria “Las uvas de la ira” (del que sólo se libraría muchos años más tarde en “Érase una vez en el Oeste“), se mete en una pelea sin mucho motivo al comienzo porque “después de pelear se siente bien”, según su amigo Art Croft. De cierta forma es exactamente lo que pasa con los habitantes del pueblo: que la justicia es muy lenta, que el crimen es indignante, que yo conocía al difunto, que se escapan los ladrones; todas son razones dichas con indignación, pero ninguna es muy importante. Lo que mueve a todos ellos es el deseo de venganza, la voluntad de resolver todo del modo más directo y brutal posible, como se supone que los hombres hacen.


Hay algo curioso en estos roles de “hombre-moral”: dichos personajes o son impotentes en sus esfuerzos (como Lemmon en “Missing”) o no pretenden hacer nada, como en este caso. Gill Carter y su amigo se unen al grupo de linchamiento no por indignación ni sadismo, sino por simple sobrevivencia: con este tipo de ánimo circulando libremente, es más seguro estar del lado de los victimarios. No 100 por ciento seguro, eso sí: Art recibe un balazo en su brazo porque “siempre hay algún pobre tonto que se confunde y comienza a colgar todo lo que tiene por delante”. El grupo de linchadores funciona como una asamblea y es sabido que las asambleas se nivelan según el más exaltado. Estos “hombres-morales” no son totalmente inútiles, eso sí: su rol es ver para tomar posición al final. Así, son fundamentalmente testigos: si alguien les pregunta diez años más tarde, contarán la misma historia del mismo modo y causando idéntico horror. El viaje de ellos a lo largo de la historia es el mismo que realiza el espectador, ya que los “hombres-morales” están en “filmes-morales”, aquellos que sirven para educar sobre lo correcto e incorrecto. Este filme, específicamente, es sobre la necesidad de respetar al otro y darle la oportunidad de defenderse: en un mundo de vendetta no quedaría nadie en pie (tal como se cuenta en “Abril Despedaçado“). Los “hombres-morales” son por lo tanto personajes marco, lo suficientemente vacíos para que el espectador los rellene consigo mismo y saque su lección, ya que la pregunta real en estos filmes es ¿Qué harías tú en esta situación?
En este sentido, la interpretación de las víctimas es notable, especialmente Dana Andrews (“Donald Martin”), el patrón del grupo. Se mueve con tal fuerza entre la desesperación, la indignación y la entereza que se roba el filme. “¿Por qué me sigue preguntando si no cree nada de lo que digo?” dice y su próxima muerte parece cada vez más ominosa; sin embargo es la carta que escribe como testamento para su esposa la interpelación fundamental hacia todos: aceptó su muerte, aceptó la injusticia, pero la denuncia. Me llamó mucho la atención también el personaje de Anthony Quinn, “Juan Martínez”: al comienzo parece culpable gracias a su expresión astuta y al racismo propio del western que nos dice que no hay ni mexicano ni indio bueno, pero después se revela como un hombre muy educado, tremendamente hábil y con una fortaleza y orgullo sin igual. Tal impresión me dejó que me hubiese gustado ver “Las aventuras de Juan Martínez”, si ese filme existiese. Pero no.


Los diálogos de este filme fueron debatidos durante años por los productores, temerosos de su peso como alegato. Dos años, para ser más exacto. Ahora está enterrado en los canales de cable que transmiten películas viejas o en los estantes de algunas videotecas. Fundamentalmente está oculto bajo el prejuicio de que es “demasiado viejo y en blanco y negro además”. Pero le pido, querido lector, que no se equivoque: éste es un filme excelente.

Roberto Suarez Perez

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Acerca de Roberto Suarez

Vivo en La Habana actualmente

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