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Ayer vi “Les aventures extraordinaires d’Adèle Blanc-Sec”

Su título en español es “Adele y el misterio de la momia”. Me gusta
más el título original, “Las aventuras extraordinarias…”, así que
dejé ése para este post. Definido a la rápida, Adele es una especie
de Henry Walton Jones Jr. más vintage que el original. Pero ésa no es una
buena forma de clasificar este filme: proviene de un comic publicado en
1976, así que su pariente más cercano es el gran Corto Maltés. Pero
antes veamos de qué se trata:

A principios del siglo XX, el profesor Espérandieu (un anciano
pequeñito y cándido como niño) culmina sus experimentos sobre
telepatía conectando su mente con la de un plesiosaurio nonato,
encerrado en su huevo exhibido en el Museo de Historia Natural
parisino
. El huevo se rompe y nace el dinosaurio volador, quien causa
grandes destrozos y alarma, sobretodo al matar a un prefecto y su
amante. El presidente de Francia le da máxima prioridad al asunto y el
profesor es encarcelado mientras se prepara su ejecución.

Adele vuelve de Egipto, donde pasó varias aventuras para conseguir
traer a la momia del doctor de Ramsés II: debido al gran conocimiento
del médico embalsamado, podrá salvar a la hermana de la heroína,
quien sufrió un accidente que la tiene literalmente entre la vida y la
muerte. Adele es joven, bella, audaz y muy inteligente. Cuando no
tiene aventuras espectaculares escribe crónicas de viaje de gran
éxito. La complicación viene por lo siguiente: el único capaz de
despertar a la momia es el profesor Espérandieu, encerrado bajo siete
llaves.

El filme es entretenido e ingenioso, además de mantener un tono
juguetón e inocente durante todo el relato. De cierta forma, es un
filme asexual. Hay un desnudo parcial, un topless específicamente,
pero nunca hay el propósito de provocar ni excita: la protagonista
muestra sus senos casualmente, mientras descansa y, sobretodo, piensa.
Hay un novio también, pero torpe, cándido y sin oportunidad: un niño
grande. El único momento en que hay personajes en actitudes claramente sexuales es cuando vemos los últimos minutos del prefecto y su amante, y ni siquiera allí hay sexo propiamente tal (entendido como cópula) sino un coqueteo exagerado hasta la farsa.

No hay crueldad tampoco, entendida como la voluntad movida por el odio de dañar al otro, sino que cada muerte o agresión pasa como “sin querer-queriendo”, como si fuesen un escalón superior en el juego de
los quemados.

Pero su rasgo fundamental es lo exótico, tal como se entendía al
final de la época imperial: lo propio de las provincias lejanas bajo
el dominio propio, inferior de cierta forma con respecto a la capital,
pero lleno de misterios fascinantes. Adele, al ser escritora de
viajes, es maestra de ambos mundos y mira con impaciencia a los
parisinos, cuya cortedad nos parece tan evidente a cien años de
distancia.

Si hubiera que señalar una línea común entre el americano que
mencioné al comienzo, Corto Maltés y Adele (más allá del esbozo de
los párrafos anteriores) yo diría que es la nostalgia. No de los
personajes ni de los relatos, sino del espectador: la vida en aquél
mundo se ve mucho más bella.

Roberto Suarez Perez

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Acerca de Roberto Suarez

Vivo en La Habana actualmente

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