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Ayer ví “Bullit”

Y la disfruté enormemente. No era la primera vez, eso sí: la ví hace unos dieciséis o diecisiete años. Entonces no me impresionó mucho: enganchado como estaba a “Die Hard” (y alimentado por repeticiones televisivas de Stallone), esperé un film de acción espectacular, y salí obviamente decepcionado. Recuerdo que disfruté la persecución, pero nada más: me perdí en la trama, eché de menos la maldad folletinesca del enemigo de turno (generalmente el actor mejor dotado del casting), no enganché con los personajes. Esto significa dos cosas:
– Primero, no tenía el mejor de los juicios en mi adolescencia. Tenía el juicio de un adolescente.
– Segundo, Bullit no es el paquete de músculo homoerótico y matanza sin sentido que vimos tanto en los ochenta. Bullit es distinta.
Para empezar, el tempo.
Acá no hay el montaje frenético que es sello hollywoodense (que critica tanto Jarmush, entre otros), ya que cada escena se desarrolla con lógica. En la escena de la mujer muerta en el motel, por ejemplo: llegar al lugar, descubrir el cadáver, revisar los bolsos y descubrir una pista que no es ni rocambolesca ni telegrafiada: es lo que uno esperaría encontrar en el bolso de un viajero, pero interpretado. Cada etapa lleva a la siguiente con minuciosidad y sin apuro. De cierta forma, el filme es tanto una cacería policial como una exposición del oficio. La persecución final me provocó la misma sensación que la carrera de Kitano tras el criminal furioso en “Violent Cop”: ¡Qué trabajo más sacrificado!
Los tiempos son largos y llenos de reflexión. Mc Queen llena la pantalla el carisma de un hombre tranquilo y seguro, a la vez que parece sinceramente perdido en cada uno de los callejones sin salida que encuentra, y encuentra varios. Lo vemos una y otra vez pensando qué hacer para ocultar su fracaso momentáneo como para encontrar una ruta que le permita seguir en movimiento. Y lo logra. Bullit desenfunda sólo al final: antes su herramienta es su inteligencia y su voluntad, incluso en la escena de la persecución. Espero que el lector no haya tenido una experiencia tan peligrosa, pero si es así sabrá que al correr un auto a alta velocidad el conductor se juega la vida en cada error de juicio. Los conductores de pocas luces se matan. Segundo, el naturalismo.
Tanto en imagen, el color, como la aparente baja calidad de la cinta como por actuación y por historia, “Bullit” apuesta al naturalismo. Los policías son los que uno esperaría ver en un cuartel, patrullando o revisando a un joven pobre por parecerse demasiado a un joven pobre: funcionarios prejuiciosos, medianamente corruptos, medianamente inteligentes, feos, chicos, gordos. El político elegante, prepotente y simpático sólo por obligación. El mafioso vestido con opulencia, mal disfrazado de una clase económica ajena a su origen. No hay demasiadas concesiones a la empatía en el retrato: cada actor está bien “engrasado” y fundido en su rol.
Excepto uno: la extraordinariamente bella Jacqueline Bisset. Su escena junto a Mc Queen, “mi-amor-tu-trabajo-te-devora”, es difícil de ver por ella (y verla es un placer) debido a su expresividad pétrea. Supongo que el director, Peter Yates (quien nos regaló “Krull”) supo ver este problema: el rostro de Bisset aparece medio cubierto y durante menos tiempo que su contraparte durante esta escena.
Pero eso es un detalle. La intención del filme es ser un retrato naturalista de un oficio y esto es evidente en tres escenas: – Bullit despierta en pijama y con dificultad, tal como yo lo hago a diario.
– Cuando el héroe pierde a su testigo, lo que casi le cuesta su carrera, estaba haciendo el amor con su mujer, después de cenar con amigos en un bar. Esto es equivalente a llegar tarde y con resaca al trabajo un día lunes ¿A quién no le ha pasado algo parecido?
– Bullit llega a su casa al final, deja sus herramientas de trabajo y se ocupa de su vida. Tiene una vida aparte de su rol.
Todo esto da como resultado el que, al final del filme, uno quiera salir a comprarse un disfraz de Bullit y jugar al policía cool. Pero eso me resulta difícil. Primero, no creo que vendan disfraces de Bullit. Y segundo, no puedo ver defectos en este personaje, y eso no me gusta. Ante las dificultades, Bullit sale con inteligencia y cojones, no duda ni se asusta. Suda y se cansa, pero continúa. Su relación romántica lo enaltece aún más: ella es arquitecta y trabaja en un estudio vanguardista. No cuesta imaginársela en una escuela de arte, entrenándose como escultora y dibujante. Y está enamorada de este mero policía. Mejor dicho, este mero policía es capaz incluso de enamorarla. A tanto llega su invulnerabilidad y omnipotencia que en la escena con Bisset, cuando ella lo cuestiona, él resuelve el problema con una frase tan acertada que es un eslogan. Bogart recibía golpizas de los mafiosos, pero Bullit no ¿Cómo no caer?
Se me cae entonces mi primera afirmación, que es el origen de mi disparidad de apreciaciones sobre este filme.
Bullit es distinto a los filmes de Stallone, pero no completamente: su rasgo común es lo que podría llamar su sentido “propagandístico”. Cuando Mario Cobretti (Stallone en “Cobra”) no está en primer plano, los demás personajes hablan sobre él y lo admiran. Cuando Bullit descansa y se distrae, sigue acertando como un jugador de poker bañado en luz celestial.

Eso no es muy realista.

Roberto Suarez Perez

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Acerca de Roberto Suarez

Vivo en La Habana actualmente

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